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 Sermones sobre temas importantes por el Rev. Paul C. Jong

 

El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en un campo

 

< Mateo 13, 44-46 >

«Es semejante el reino de los cielos a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta y, lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo. Es también semejante el reino de los cielos a un mercader que busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra».



En el pasaje de las Escrituras de hoy, nuestro Señor sigue explicando el misterio del Reino de los Cielos al contar dos parábolas: la parábola del tesoro escondido en un campo y la parábola de las perlas preciosas. El significado de la primera es el siguiente.

El Reino de los Cielos es el Reino de Dios y el tesoro escondido se refiera a Su Evangelio. En otras palabras, Jesús dijo que el Evangelio del agua y el Espíritu es más valioso que ningún otro tesoro en la tierra. Descubrir el Evangelio del agua y el Espíritu es descubrir el tesoro del Reino de Dios. Mientras vivimos en la tierra, encontrar la más valiosa Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu es encontrar la manera de entrar en el Reino de los Cielos. El Reino de los Cielos es como encontrar un tesoro escondido. Por eso Jesús dijo: «Que un hombre encontró y escondió, y lleno de alegría, va, vende lo que tiene y compra aquel campo».



Sólo los que conocen el valor de este tesoro pueden poseerlo

La cuestión principal del pasaje de las Escrituras de hoy es que el que quiere hacer suyo el Reino de los Cielos, debe pagar su precio. Quien quiera hacer suyo el Cielo debe pagar el precio que vale vivir allí.

Cuando descubrimos el tesoro, es decir, el Evangelio del agua y el Espíritu que nos permite entrar en el Reino de Dios, es normal que lo queramos hacer nuestro. Esto se debe a que el Evangelio del agua y el Espíritu es tan valioso que sólo se puede poseer cuando se venden todas las posesiones para comprarlo. Como ustedes y yo hemos descubierto el Evangelio del agua y el Espíritu y hemos vendido todo lo que tenemos para comprar este Evangelio, ahora podemos entrar en el Reino de Dios con fe. El Evangelio del agua y el Espíritu ha borrado todos nuestros pecados de una vez por todas. Por tanto, a través de este Evangelio del agua y el Espíritu, estamos libres de pecado y ahora podemos entrar en el Reino de Dios.

Si alguien encuentra la Palabra de la Verdad, el Evangelio del agua y el Espíritu, y no llega a más, todo esto no vale para nada. ¿Por qué? Porque puede que otra persona se lleve este tesoro. En otras palabras, para entrar en el Reino de Dios al encontrar y creer en este Evangelio del agua y el Espíritu, debemos hacerlo nuestro urgentemente pagando su precio. Dicho de otra manera, para pagar el precio por él o ganárselo, debemos abandonar las cosas del mundo.

Por supuesto, el Reino de los Cielos no es un lugar en el que podamos entrar mediante nuestro propio sacrificio. Es un lugar en el que podemos entrar sólo si ponemos nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu.

Entonces, ¿cuál es el significado del pasaje que Jesús dijo? Es que los que encuentran el Evangelio del agua y el Espíritu, el tesoro que permite entrar en el Reino de los Cielos, venden todas sus posesiones para comprarlo y hacerlo suyo.

Jesús dijo: «Es semejante el reino de los cielos a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta y, lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo». Cuando encontramos el Evangelio del agua y el Espíritu, no debemos dudar, sino aceptarlo con todo nuestro corazón inmediatamente. Sólo a través de nuestra fe en la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu, el Evangelio de Dios, podemos recibir la remisión de nuestros pecados.

Pero, si queremos recibir la remisión de nuestros pecados al creer en este Evangelio, y vivir vidas benditas para servir esta Verdad, debemos pagar un precio. Del mismo modo en el que está escrito aquí que un hombre vendió todo lo que tenía, nosotros también tuvimos que vender todas nuestras posesiones para hacer nuestro el Evangelio del agua y el Espíritu. No hay nadie entre nosotros que pueda creer en el Evangelio del agua y el Espíritu como suyo sin hacer ningún sacrificio. Cuando el Evangelio del agua y el Espíritu es tan valioso, ¿cómo podría alguien creer en él sin pagar su precio? Tenemos que pagar el precio al ser perseguidos por seguir el Evangelio del agua y el Espíritu.

No es exagerado decir que han vendido todas sus posesiones para ganarse este Evangelio del agua y el Espíritu después de haberlo descubierto. Seguramente tenían la misma convicción cuando decidieron aferrarse al verdadero Evangelio: «El Evangelio del agua y el Espíritu es realmente valioso. No me importa perderlo todo en este mundo, esta Verdad del Evangelio vale la pena. Haré que el Evangelio del agua y el Espíritu sea mío, aunque tenga que perderlo todo, porque esta Verdad del Evangelio es más valiosa que mi propia vida».

Si podemos tener el Evangelio del agua y el Espíritu, no importa si lo perdemos todo. El que tiene este verdadero Evangelio es la persona más rica. Aunque tener el Evangelio implique hacer un sacrificio, y aunque estemos tentados por las cosas de este mundo, nada puede compararse con este Evangelio del agua y el Espíritu. Al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, podemos tener el tesoro más valioso y preciado del mundo.

Si de verdad supieran qué valioso es el Evangelio del agua y el Espíritu, intentarían por todos medios pagar su precio. Este se debe a que al tener este Evangelio del agua y el Espíritu podemos entrar en el Reino de los Cielos. Este es el único significado del pasaje de hoy.

«Es semejante el reino de los cielos a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta y, lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo».

Un hombre encontró un cofre lleno de diamantes, oro y plata, que estaba escondido en un campo. Inmediatamente se fue y vendió todo lo que tenía y compró el campo. ¿Por qué tuvo que vender sus posesiones? Porque si no las hubiera vendido, no hubiera tenido dinero para comprar el campo, y por tanto no habría podido conseguir el tesoro.

Mientras leo este pasaje de las Escrituras, me examino a mí mismo, para saber si tengo esta convicción o no. Y les pido que reflexionen sobre este pasaje también. Para que el Evangelio del agua y el Espíritu fuera nuestro, perdimos muchas cosas valiosas. Para conseguir algo valioso, tuvimos que sacrificarnos. Quizás se estén preguntando si de verdad tienen que comprar este Evangelio de la Verdad vendiendo todo lo que tengan, o si este Evangelio es tan valioso como se dice. Así que hoy, quiero hablarles del valor de este Evangelio del agua y el Espíritu. Me gustaría explicarles qué valioso es esta Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu que nosotros conocemos. ¿Es este Evangelio una mera doctrina del mundo? ¿O vale la pena comprarlo, aunque tenga que perderlo todo: mi casa, mi riqueza, mis padres, mi esposa, mis hijos, e incluso mi vida? Me gustaría hablarles de esto.

Este Evangelio del agua y el Espíritu es el Evangelio de la Verdad que nos permite entrar en el Reino de los Cielos. El Evangelio del agua y el Espíritu es la Verdad de la salvación de todos los pecadores. Es la Verdad que hace posible que seamos salvados de nuestros pecados. Al poner nuestra fe en otra cosa que no sea el Evangelio del agua y el Espíritu, nunca podremos recibir la remisión de nuestros pecados, y por tanto no podremos entrar en el Reino de los Cielos.

Nuestro Señor dijo que Él es la puerta y que quien entra por otro sitio que no sea esta puerta es un ladrón y un atracador; si alguien afirma haber entrado al Reino de Dios sin creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, es un ladrón. Y su fe es la de la cizaña. Sólo el Evangelio del agua y el Espíritu nos permite entrar en el Reino de Dios, esta el la Verdad absoluta que no requiere ningún comentario. Así, este Evangelio del agua y el Espíritu es el tesoro valioso que vale la pena comprar aunque tengamos que vender todo lo que tenemos.

En el cielo y en la tierra, ¿qué es lo más valioso de todo? ¿Cuál es el tesoro más valioso para ustedes y para mí? Es el Evangelio del agua y el Espíritu. El Evangelio del agua y el Espíritu es el tesoro más valioso para todos nosotros. El que nos ha dado este precioso Evangelio es nuestro Señor Jesucristo.

¿Se dan cuenta del valor de este Evangelio que nuestro señor dijo a Sus discípulos a través de Su parábola? Si de verdad conocen el valor del Evangelio del agua y el Espíritu, venderán todas sus posesiones y comprarán este tesoro. Si, por el contrario, no conocen el valor de este tesoro, creerán que es una pérdida de tiempo vender todo lo que tienen para comprarlo. En otras palabras, cuando uno no conoce el valor del Evangelio, está destinado a ser controlado por las circunstancias. Si alguien cree que sus posesiones son más valiosas que el Evangelio del agua y el Espíritu, entonces no conoce el verdadero valor de este tesoro. Si no conocemos el valor del Evangelio del agua y el Espíritu, lo tiraremos fácilmente.

Mis queridos hermanos, nosotros, como gente que cree en el Evangelio del agua y el Espíritu, no podemos recibir la remisión de los pecados sin pagar ningún precio. Para nosotros, el Evangelio del agua y el Espíritu es nuestro tesoro, y la Verdad. Este Evangelio es un tremendo tesoro para nosotros. Es tan valioso que no podríamos comprarlo a menos que vendiésemos todo lo que tenemos en este mundo. Así que este Evangelio es un valioso tesoro, pero los que no conocen su valor no quieren comprarlo. La realidad es que deberían estar agradecidos por poder comprarlo con tan sólo vender todo lo que tienen.

Algunos, aunque conocen el Evangelio del agua y el Espíritu, sólo lo miran pero no quieren comprarlo. Esta gente sólo conoce el Evangelio del agua y el Espíritu, pero no han sido salvados de sus pecados. Si podemos comprar este Evangelio del agua y el Espíritu, aunque tengamos que venderlo todo, es una bendición para nosotros. No hay nada en este mundo tan valioso como el Evangelio del agua y el Espíritu.

Les pido de todo corazón: Crean en el Evangelio del agua y el Espíritu que les permite entrar en el Reino de los Cielos; crean en él sin importar el precio que tengan que pagar y agárrense a él. Les pido que crean en el Evangelio del agua y el Espíritu, lo hagan suyo, y lo guarden bien, sin importar el sacrificio que tengan que hacer. Les pido que guarden esta fe, la sigan y se unan a ella. Esta es la misma petición que el Señor hizo a Sus discípulos.

Nuestro Señor nos dice: «Es semejante el reino de los cielos a un tesoro escondido en un campo». Aunque tuviésemos que dedicar toda nuestra juventud a creer en este Evangelio del agua y el Espíritu y perderlo todo en el proceso, no sería ninguna pérdida. Este Evangelio es la vida misma; este Evangelio ha borrado todos nuestros pecados y nos ha permitido recibir la remisión de nuestros pecados; este Evangelio nos ha permitido entrar en el Reino de Dios a todos los que creemos. Por eso les reto a vender todo lo que tienen para vender este Evangelio del agua y el Espíritu, porque es muy valioso. Lo digo porque conozco el valor eterno a este Evangelio.

Si conocen el valor de este Evangelio del agua y el Espíritu, serán capaces de creer y seguirlo, aunque tengan que vender todas sus posesiones. Pero si no reconocen su valor, no lo venderán todo para comprarlo. Así que al final, no serán salvados, sino que perderán lo más valioso. Incluso en la Iglesia, cuando miramos desde esta perspectiva, hay gente que sigue este valioso Evangelio a regañadientes. Son los que guardan todo lo que tienen, y simplemente miran de lejos al Evangelio del agua y el Espíritu. No estoy diciendo que deban venderlo todo, ¡por supuesto que no! ¿Cuánto suma su riqueza individual? ¿Un millón de dólares, si lo vendieran todo? ¿10 millones de dólares? Comparado con el Reino de Dios, nuestras posesiones son como un grano de arena. No se alarmen por lo que digo, no se preocupen por si les pido que lo vendan todo y me den el dinero a mí. No tengo ningún motivo personal, ni quiero su riqueza.

Lo que ustedes tiene es valioso para ustedes, pero desde un punto de vista más general, no es suficiente para pagar una sola comida a todos los justos del mundo. Si reuniera a todos los justos del mundo e hiciera una fiesta para ellos en un restaurante caro, sólo por la reserva deberíamos pagar millones de dólares. Así, nuestras posesiones no son tan valiosas.

Pero el Evangelio es diferente. El valor del Evangelio es literalmente inestimable, pero los que no conocen su valor no lo compran. Esta gente considera que lo que tienen es más valioso que la Verdad del Evangelio, y por tanto no pueden dejar sus posesiones para seguirla. Hablar de estas cosas a estas alturas es vergonzoso, y no me alegra. Como nuestro Señor dice: «No deis las cosas santas a los perros ni arrojéis vuestra perlas a puercos» (Mateo 7, 6), si tuviera alguna opción, no hablaría de estos. Me gustaría poder explicar este pasaje, hablarles de los que siguen el Evangelio y terminar aquí mi sermón.

Pero hay gente que, tras encontrar este Evangelio del agua y el Espíritu, se siguen preguntando: «¿Debería seguirlo o no? ¿Debería creerlo o no? ¿Debería unirme a él o no?». Continuamente calculan los costes y los beneficios de esto, y siguen dudando sin fin, sopesando las opciones. Cuando veo a esta gente, me fastidia que este Evangelio se les haya dado a ellos. Casi siento ganas de robárselo y decirles que paren.

En Corea, hay mucha gente que no conoce el valor del Evangelio del agua y el Espíritu. Por eso decidimos dejar de predicar el Evangelio en Corea durante un tiempo. Como algunos fanfarroneaban sobre su dinero, como si nos hicieran un favor creyendo, decidimos dejar de predicar. A no ser que uno venda sus posesiones y dedique su vida entera a comprar este verdadero Evangelio del agua y el Espíritu, no podrá hacerlo suyo.

Pero sé que alrededor de todo el mundo hay muchos que apostarían su vida por este Evangelio. Por eso estamos intentando evangelizar el mundo entero. Sé que aún hay infinidad de almas que comprarían el verdadero Evangelio aunque tuvieran que venderlo todo para pagar su precio, para poder entrar en el Reino de Dios, recibir la remisión de los pecados, vivir como justos y estar unidos con el Señor y vivir con Él. Por supuesto, estamos predicando el Evangelio del agua y el Espíritu por todo el mundo, ya que es Su Gran Comisión, pero también es cierto que estamos motivados a hacerlo porque creemos que hay muchas almas inocentes en el mundo. No podemos obligar a alguien que no cree en el valor del Evangelio a creer en él, sino que es mejor predicar este Evangelio a los que lo buscan.

¿Es valioso el Evangelio del agua y el Espíritu? Es un tesoro en el Reino de los Cielos. Imaginémonos que hay un cofre que contiene una corona de diamantes, brillando con una luz misteriosa, y un vestido adornado con piedras preciosas. El cofre y todo lo que contiene son tan valiosos que no podemos ni determinar su precio. Si pudieran comprar este cofre vendiendo todo lo que tienen, ¿lo harían o no? Por supuesto que lo harían.

Es bastante raro, pero como cada uno tiene sus propias ideas, quizás alguien diría: «No quiero. No quiero diamantes. Prefiero chuletas de cerdo». Pero si conocieran el verdadero valor de este cofre, no dudarían en vender todo lo que tienen para comprarlo. Yo sé lo que vale. Yo sé que este Evangelio del agua y el Espíritu es de valor incalculable. Sé que ustedes también lo saben. Sé que están aferrados al Evangelio porque saben lo que vale.

Sin embargo, quizás haya gente que al darse cuenta de este valor, sólo conoce un tercio de su valor. Ningún diamante, aunque sea del tamaño de una cabeza, tiene valor si no nadie lo conoce. Quizás haya algo que sea más valioso que un diamante, pero ahora mismo no se me ocurre nada. De todas formas, si imaginamos que no hay nada más valioso que un diamante, ¿seríamos muy felices si pudiéramos tenerlo? Si supieran que es más valioso de lo que tienen ahora, ¿darían todo lo que tienen por él? ¿Lo comprarían o no? Por supuesto que sí. El Evangelio del agua y el Espíritu es como este diamante. El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en un campo.

Déjenme que explique esta parábola del tesoro escondido. Supongamos que un hombre se encontró un campo, y por cualquier razón, empezó a cavar en un rincón y se encontró un cofre de madera. Así que se preguntó: «¿Será un ataúd?». Pero no parecía un ataúd, porque tenía un candado. Entonces abrió el candado y levanto la tapa, y de repente tuvo que cerrar los ojos porque del cofre salió una luz brillante. El hombre cerró el cofre y le puso el candado y después lo enterró de nuevo. A continuación llamó a su agente inmobiliario, le dijo que quería vender todos sus bienes inmuebles, desde su casa hasta su fábrica y toda su tierra; entonces subastó todas sus joyas y su ropa y vendió todo lo que tenía. Obtuvo tres millones en efectivo. Cogió todo su dinero y fue a ver al dueño del campo. Y así empezó el regateo:

«¿Es usted el dueño de este campo?».

«Sí, soy yo».

«Me gustaría construir una casa en este terreno; ¿le importaría vendérmelo? Por supuesto, le daría una cantidad proporcional al valor de este terreno. Le agradecería que me lo vendiera».

«¿Cuánto me daría?»

Este campo estaba valorado en 30.000 dólares. Pero el hombre era tan malo regateando que ofreció un millón desde el principio, cuando tendría que haber ofrecido 30.000 o 25.000. ¿No se quedaría sorprendido el dueño de este campo por tal oferta? Así que lo pensó bien y le pareció que pasaba algo raro. «Debe haber algo valioso en este terreno. Una mina de oro, quizás».

«No quiero venderlo. Heredé esta tierra de mis antepasados y mis descendientes la heredarán».

«Bueno, entonces le pagaré 1 millón y medio».

Entonces, el propietario pensó: «Pero, esta tierra vale sólo 30.000 dólares; ¿por qué me ofrece 1 millón y medio este tipo? Debe estar loco. ¿Lo vendo? No, espera. Quiere conseguir este campo como sea. Debería intentar subir el precio un poco más».

«¿De verdad tiene tanto dinero para empezar?».

El hombre fue al coche, trajo un maletín y lo puso delante del propietario, que viendo el maletín con un millón de dólares pensó: «Supongo que sí tiene dinero. Me está ofreciendo un millón y medio. Pero boy a engañarle un poco más para ver adónde llega».

«No, gracias. No está en venta».

«Le daré un millón setecientos mil dólares».

«No. No la vendería ni aunque me diera diez millones. ¿Por qué? Porque esta tierra la heredé de mis antepasados y me aseguraré de que pase de generación en generación. Mis antepasados me dijeron que no la vendiera y nunca la venderé. Un hombre debe cumplir su palabra. Debo cumplir la voluntad de mis antepasados».

Viendo que el hombre no había dudado en ofrecer tanto dinero por el terreno, el propietario pensó que podría subir más el precio.

«¿Qué le parecen 2 millones?».

«No, no es suficiente».

«¿Cuánto me pide por este campo entonces?».

«Se lo venderé por 3 millones».

«¡Me ha leído la mente! ¿Cómo sabía que tenía 3 millones? Todos mis bienes tienen un valor de 3 millones, ni un céntimo más, ni uno menos. Vale, trato hecho. Le daré 3 millones con dos maletines más en efectivo».

Así que pagó el dinero y compró el campo aquel día. A cambio de todo lo que había vendido, obtuvo el campo. Pero estaba muy contento, porque el campo valía la pena. Valió la pena venderlo todo para comprarlo.

Este Evangelio del agua y el Espíritu es de valor incalculable. Valdría la pena aunque perdiéramos la vida. Valdría la pena aunque tuviéramos que vendernos como esclavos. Posiblemente hayan oído hablar del martirio en los comienzos de la Iglesia. Muchos de los creyentes estaban dispuestos a ser martirizados por mantener su fe en el verdadero Evangelio. Algunos de ellos abandonaron su estatus de nobleza y se hicieron esclavos por defender su fe. Este es el valor del Evangelio del agua y el Espíritu.

¿Qué valor tiene este Evangelio del agua y el Espíritu que hemos escuchado? Este Evangelio del agua y el Espíritu es el valioso Evangelio que nos permite poseer todo en el Reino de los Cielos. Esta Verdad del Evangelio es tan valiosa, que tuvimos que comprarla, y tuvimos que venderlo todo. Como el hombre que vendió todo lo que tenía para comprar el cofre escondido en el campo, debemos obtener el Evangelio del agua y el Espíritu pagando el precio con todas nuestras posesiones. Ser salvado es lo más dichoso que hay. ¿No es así, mis queridos creyentes?

Sin embargo, hay muchos que intentan poseer la Verdad del Evangelio sin vender lo suyo. Esta gente puede perderlo. Puede que lo abandonen si no están contentos con él. Como no lo han comprado al vender todas sus posesiones, pueden abandonar el Evangelio en cualquier momento, tomar sus posesiones e irse.

Pero los que compraron este Evangelio al vender todas sus posesiones, nunca lo perderán. ¿Por qué? Porque han puesto toda su vida en ello. Cualquiera que no compre el Evangelio del agua y el Espíritu vendiéndolo todo, no cree en él. Según las circunstancias, podrá abandonar este Evangelio. No soporto cuando alguien juega con este Evangelio del agua y el Espíritu y no le tiene mucha estima. El poder y la veracidad de este Evangelio del agua y el Espíritu merecen ser comprados, aunque haya que dar la vida por ellos. A través de este Evangelio podemos ganar todos los tesoros que hay en el Reino de Dios.

Por eso cuando veo a la gente vacilando ante este inestimable Evangelio, sin poder tomar una decisión, preguntándose si deberían creer o no, y si deberían seguirlo o no, me da pena. ¿Por qué? Porque para los que no conocen el verdadero valor del Evangelio, sus vidas no tienen valor. Ellos mismo viven una vida vacía y barata que puede ser vendida por unos pocos cambios. Si nuestras almas son tan preciosas que no puede ser cambiadas por nada del mundo, ¿cómo podemos vender nuestras vidas?

Como nosotros, los seres humanos, fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, debemos existir para siempre. Debemos convertirnos en hijos de Dios y vivir para siempre para disfrutar el esplendor y la gloria junto con Dios. Todos somos valiosos. Nuestro Señor dijo: «El hombre en esplendor no perdura, y se asemeja a las bestias que perecen» (Salmos 49, 20). Así que los que no conocen su propio valor son como las bestias que perecen. Debemos reconocer que Dios nos ha hecho valiosos en Jesucristo.

Hay gente que, sin conocer el valor de este Evangelio, están indecisos, preguntándose si deberían creer en el Evangelio o no. Les he explicado todos los beneficios y el prestigio que acompañan al verdadero Evangelio. Sin embargo, hay mucha gente que no puede decidirse y que vacila, y también hay mucha gente a la que le preocupa ser engañada. En otras palabras, hay muchos que no ven el valor del Evangelio. Cuando me encuentro a esta gente, me dan mucha pena y me siento frustrado.

Los que no conocen el valor del Evangelio del agua y el Espíritu no pueden abandonar todo lo que tienen para ganárselo, y por tanto, no pueden nacer de nuevo. ¿Cuánto tienen y quiénes son para alardear de ellos mismos, sin darse cuenta de lo miserable que es la vida sin haber nacido de nuevo? Se están exponiendo a que se burlen de ellos. La vida de los que no han nacido de nuevo es como la de un perro que se come sus propios vómitos y se come sus propias heces (2 Pedro 2, 22).

Puede que digan: «Comprar esta tierra sería malgastar el dinero». Es como si sólo pudieran ver la tierra que cubre el cofre. Esta gente no tiene ni idea de qué valioso es el Evangelio del agua y el Espíritu.

Por otro lado, también hay gente que conoce lo valioso que es este cofre del tesoro, y se aferran a él. El que compró el campo del tesoro dejándolo todo, comprueba el tesoro todos los días y lo guarda.

Hay otros que no han comprado el campo, sino que están todavía regateando con el dueño: «Compraré este campo tarde o temprano. Así que no se lo venda a nadie más. ¿Por qué habría de vendérselo a otra persona si sabe que yo lo voy a comprar?». Entonces el dueño dice: «Si vende todo lo que tiene y me ofrece el dinero a mí, se lo venderé». Pero ellos contestan: «Bueno, le digo que se lo compraré. No es que no lo vaya a comprar, sino que no sé cuándo. No lo puedo comprar ahora, todavía no».

Esto es tan frustrante. Me vuelven loco. Esto es muy cómico. Me siento absurdo cuando veo a esta gente.

Nuestro Señor dijo que el Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en un campo. Un hombre lo encontró, y vendió todo lo que tenía para comprar el campo. Con todo nuestro corazón, con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra vida, debemos apreciar el valor de lo que es realmente precioso y creerlo así. Debemos darnos cuenta de que el Evangelio del agua y el Espíritu nos ha dado vida nueva, y creerlo. Debemos saber y creer que este Evangelio ha borrado nuestros pecados y nos ha hecho hijos de Dios.

Sin embargo, en esta Iglesia de Dios, hay quienes no creen en este tesoro del Evangelio. Mis queridos hermanos, ¿es este Evangelio del agua y el Espíritu igual que cualquier otro evangelio? Cada vez que los pseudo-predicadores abren la boca, sólo hacen hincapié en el movimiento para la evangelización regional. Empiezan con el activismo, diciendo que debemos ir a la gente y hacer a todo el mundo cristiano, pero lo hacen sin el Evangelio del agua y el Espíritu. Por eso los practicantes de la religión sólo producen cizaña, en vez de cristianos nacidos de nuevo. Sólo el Evangelio del agua y el Espíritu es el verdadero Evangelio. Si la gente sólo cree en la sangre de la Cruz cuando confiesan creer en Él, su fe es como la de los practicantes de la religión.

Aunque lo pierdan todo cuando creen en este valioso Evangelio, ganarán mucho más- Y recibirán muchas más bendiciones. Tienen que darse cuenta de esto y apreciar el valor de la Verdad del Evangelio cuando creen en ella de todo corazón. ¿Creen? Las palabras no son suficientes para expresarlo.



El Reino de los Cielos es como un mercante que busca perlas preciosas

Los versos 45 y 46 dicen: «Es también semejante el reino de los cielos a un mercader que busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra». Nuestro Señor dijo que el Reino de los Cielos es como un mercante que busca perlas preciosas. Dijo que el mercante encontró una perla de gran precio, vendió todo lo que tenía y la compró.

A través de la parábola del tesoro escondido en un campo, nuestro Señor nos dice que tenemos que creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, sin importar el sacrificio que tengamos que hacer. Y ahora, con esta parábola de la perla de gran precio, nos dice que tenemos que defender nuestra fe en el verdadero Evangelio por muy difícil que sea.

La perla se refiere a la perseverancia de la fe. Piensen en las perlas que se forman dentro de las ostras. ¿Qué dificultad tiene procesarlas y cuánta paciencia hace falta? Cuando una ostra queda dañada, excreta una sustancia para curarse de la herida y esta excreción se convierte al final en una perla.

Jesús dijo que el Reino de los Cielos es como un mercante que busca perlas preciosas, lo que quiere decir que si encontramos el Evangelio del agua y el Espíritu y creemos en él, si vendemos todas nuestras posesiones para creer en él, debemos entregar nuestra vida y muerte a mantener este Evangelio, cualquiera que sea el precio. Aunque lo perdiésemos todo, aún tendríamos este precioso Evangelio y no lo perderíamos. Pagaríamos cualquier precio para conservarlo.

Mis queridos hermanos, aunque es importante conservar este valioso tesoro, una vez lo tenemos, es también importante conservarlo para disfrutar todos los beneficios. Para ello, debemos pagar un precio alto, el precio del sacrificio.

Algunas personas tienen una cámara acorazada en sus casas. Allí guardan objetos de valor, como joyas, pero a pesar de haberlos guardado se preocupan por perderlos. Así que constantemente sellan la cámara acorazada en la pared para que sea más difícil abrirla. Desde el momento en que construyen la casa, ponen una cámara acorazada en la pared. En verdad hay gente así que construye sus casas con esta idea, y que se asegura de que nadie pueda entrar en la cámara a no ser que derribe la casa o tenga la llave de la cámara. Hacen todo esto porque han puesto toda clase de tesoros en la cámara acorazada y quieren protegerlos. Los que no son ricos, guardan su dinero en el armario o debajo de un colchón. En resumen, los que creen que sus posesiones son muy valiosas, intentan por todos medios protegerlas. Si alguien piensa que no tiene nada que perder, ni siquiera cerrará con llave la puerta cuando salga de casa.

Una vez creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu, debemos darnos cuenta de lo valioso que es, y debemos conservarlo. Hay quien intenta robárnoslo, así que para protegerlo debemos pagar el precio del sacrificio. Esto es lo que nos está diciendo la parábola de la perla preciosa.

Nos estamos dedicando a la Gran Comisión, dedicándonos a ir y predicar el valioso Evangelio del agua y el Espíritu por todo el mundo. Si este Evangelio es valioso para nosotros, debemos protegerlo, para que no se corrompa. Por eso hablo con tanta franqueza, para que esté bien plantado en sus corazones firmemente, lo entiendan bien y lo conserven.

Mis queridos hermanos, hay gente que quiere corromper este Evangelio del agua y el Espíritu. También hay gente que no conoce el valor de este Evangelio de la Verdad. Esto es porque no saben mucho sobre él, porque si supieran su verdadero valor, ¿harían lo que hacen? Por eso debemos apreciar el valor del Evangelio.

Este es un tesoro que no se puede cambiar por ningún otro tesoro. En este cofre hay todo tipo de tesoros. Hay toda clase de piedras preciosas, desde perlas, hasta montones de zafiros, brazaletes de oro, anillos de ámbar, de diamantes, de jade, etc. Este cofre no puede ser cambiado por ninguna otra cosa del mundo, porque nos lo ha dado Dios. Si creemos y se lo llevamos al Señor, recibiremos recompensas mayores que esta, y así tendremos más razones para no cambiarlo por nada.

Del mismo modo en que el mercante, cuando se dio cuenta del valor de la perla, vendió todo lo que tenía para comprarla, una vez creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu y apreciamos su valor, debemos dedicar todos nuestros esfuerzos a protegerlo y difundirlo. Esto no se consigue de una sola vez, sino que debemos dedicarle toda nuestra vida. Debemos invertirlo todo y poner nuestra vida en ello.

Una vez cuando estaba paseando por mi barrio, me enteré que había una nueva pizzería con una pancarta gigante que colgaba de la fachada. La pancarta decía: «He apostado mi vida a la pizza». En el momento en que vi la pancarta, no pude resistir probar la pizza. ¿Cómo puede alguien no probar una pizza en la que alguien ha apostado su vida? ¿Y cómo podría alguien decir que la pizza no sabe bien?

Entonces les dije a mis compañeros de trabajo: «Deberíamos ir a comer allí. ¿Cómo no, cuando alguien ha apostado su vida en ello? Deberíamos probar. Vamos a esa pizzería».

Así que todos fuimos a la pizzería. ¿El veredicto? No era tan buena como para apostar la vida, pero era mejor que la mayoría de pizzas. Al haber terminado el almuerzo, nos quedamos sentados un rato, sin saber que decirle al dueño, que estaba esperando nuestra aprobación, y al final dijimos: «¡Estaba buenísima! ¡De verdad era tan buena como para apostar la vida! Estaba deliciosa». Aunque esta pizza no era la mejor que había probado, no tuve más remedio que apreciar la dedicación de este restaurante. Me gusta la gente tan dedicada. Cualquiera que ponga su vida en su trabajo merece mi respeto.

Aunque la pizza hubiera estado asquerosa, como el propietario había puesto su vida en su negocio, confié en el restaurante y quise volver. Del mismo modo, cuando servimos al Evangelio del agua y el Espíritu, quiero que pongamos nuestra vida en esta tarea, que dediquemos nuestras vidas a predicarlo. Todo lo que les pido es que conserven este Evangelio. Esta obra da nueva vida a las almas de la gente y las salva de la destrucción, y por ese merece nuestro esfuerzo. Vale la pena incluso que demos nuestra vida por él. Mientras trabajamos, aunque Dios se nos lleve un día, esta obra merece que demos nuestra vida. No llegará la hora en la que dejemos esta obra porque cambien las circunstancias. Este ministerio de predicar el Evangelio merece que demos nuestras vidas y todo lo que tenemos.

Y debemos tener paciencia cuando nos dediquemos a este precioso ministerio. Debemos soportar hasta el final, porque no es fácil seguir al Señor. Como no es fácil servir al Evangelio, debemos tener paciencia y perseverar para no perderlo; debemos apreciar su valor, y no cambiarlo porque hemos vendido todo para comprarlo. Hasta el día en que entremos en el Reino del Señor, debemos servir al Evangelio con paciencia y perseverancia. Debemos entregar nuestra propia vida a la obra del Evangelio, que es lo que nos está diciendo el Señor. Si este fuera un asunto de poco peso, se lo hubiera explicado refiriéndome a mi propio pasado, pero como es una obra tan valiosa no se puede comparar con nada, y sólo puedo pedirles que se den cuenta del valor de este Evangelio, que crean, perseveren, prediquen, lo conserven hasta el final y reciban las maravillosas bendiciones que les esperan. Esto es lo que el Señor quiere.

Estoy contento y orgulloso de servir al Señor con ustedes. Nuestra congregación tiene sólo 300 miembros, pero estamos predicando el Evangelio a todo el mundo. Haremos mucho más en el futuro, 100 veces más de lo que hemos hecho hasta ahora. Cómo lo lograremos, se preguntarán, cuando incluso ahora estamos limitados. Podemos conseguirlo si trabajamos con fe. ¿Trabajamos con nuestros cuerpos? Si fuera así, solamente hoy sería suficiente para desplomarnos. Debemos confiar en nuestra fe y trabajar más duro. El que nos permite conseguir todas estas cosas es el Señor.

Estoy muy contento. Estoy tan contento que puedo hacer esta obra con ustedes. Desde el día en que encontré este Evangelio del agua y el Espíritu, me he convertido en un hombre feliz. ¿Y ustedes? ¿Son felices desde que encontraron el Evangelio del agua y el Espíritu?

Cuando encontramos este valioso Evangelio, seguramente no fue más que pura casualidad. Puede parecer una casualidad, pero en realidad, estaba planeado. Y en este plan encontramos el valioso tesoro y lo hicimos nuestro. Por eso estoy tan feliz. Aunque no es fácil conservar este Evangelio, el hecho de poder trabajar me hace feliz.

Cuando la gente del mundo dice tonterías, en vez de predicar el Evangelio del agua y el Espíritu, les contestó así: «¿De qué habláis? Estáis diciendo tonterías. Parad de decir basura. ¿Creéis que este Evangelio del agua y el Espíritu que tenemos, el Evangelio revelado en la Biblia, Su poder y El que nos lo ha dado, son como vosotros? ¿Creéis que los estúpidos pensamientos que salen de vuestros cerebros se pueden comparar con la Palabra de Dios? Vuestro cociente intelectual tiene como mucho tres cifras, y aún así seguís diciendo estas tonterías».

Mis queridos hermanos, cuando la gente no habla del Evangelio del agua y el Espíritu, sino de otros evangelios parecidos, dejan alguna huella en nosotros? Por supuesto que no. Sólo los tontos dicen esas cosas. Cuando hablo con la gente, siempre hablo de la Palabra de Dios sin falta, y nunca hablo de mis propias ideas.

En este mundo hay muchos pastores y muchos cristianos que dicen creer en Jesús. Pero, ¿pueden compararse a nosotros? ¿Pueden nuestros obreros compararse con estos falsos pastores? Por supuesto que no. ¿Pueden ustedes compararse con los practicantes de la religión del mundo? Por supuesto que no. El hecho de que alguien se atreviera a compararnos con estos falsos cristianos, que no son más que bastardos religiosos, es un insulto. La palabra «bastardo» se refiere a alguien que nace fuera del matrimonio, y esta palabra es muy adecuada para los que practican las religiones del mundo. Cuando leemos Génesis 6, vemos a los gigantes bastardos que nacieron de sus padres que no estaban casados: «Existían entonces los gigantes en la tierra, y también después, cuando los hijos de Dios se unieron con las hijas de los hombres y les hijos. Estos son los héroes famosos muy de antiguo» (Génesis 6, 4). Debemos llamar bastardos a los bastardos y tesoro a lo que es valioso.

Somos el pueblo de Dios. Somos los obreros de Dios, los que tenemos el tesoro más valioso del mundo, y los que tienen una fe que es como un tesoro. Le doy gracias a Dios. Tener dignidad y orgullo de nosotros mismo, es trivial cuando lo comparamos con la fe y la Verdad que Dios nos ha dado. En realidad podemos alardear de nuestro orgullo a cualquiera. Pero debido a la maldición debemos abandonar nuestro orgullo y bajar nuestras cabezas por este precioso Evangelio.

Habiendo escuchado esto, ¿quién podrá atreverse a compararnos con los que no han recibido la remisión de los pecados y creen en falsos profetas? ¿Quién podría hacer eso? ¿Qué fama, tentación o tesoro nos podría apartar del amor de Cristo?

Doy gracias a Dios.

 

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