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 Sermones sobre temas importantes por el Rev. Paul C. Jong

 

Juan el Bautista no fue un fracaso

 

< Mateo 11, 1-14 >

«Cuando hubo acabado Jesús de dar sus consignas a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades. Habiendo oído Juan en la cárcel las obras de Cristo, envió por sus discípulos a decirle: ¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro? Y respondiendo Jesús, les dijo: Id y referid a Juan lo que habéis oído y visto: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados; y bienaventurado aquel que no se escandalizare en mí. Cuando éstos se hubieron ido, comenzó Jesús a hablar de Juan a la muchedumbre: ¿Qué habéis ido a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué habéis ido a ver? ¿A un hombre vestido muellemente? Mas los que visten con molicie están en las moradas de los reyes. Pues ¿a qué habéis ido? ¿A ver a un profeta? Sí, yo os digo que más que a un profeta. Éste es de quien está escrito:

“He aquí que yo envío a mi mensajero delante de tu faz,

que preparará tus caminos delante de ti”

En verdad os digo que entre los nacidos de mujer no ha aparecido uno más grande que Juan el Bautista. Pero el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos está en tensión, y los esforzados lo arrebatan. Porque todos los profetas y la Ley han profetizado hasta Juan. Y si queréis oírlo, el es Elías, que ha de venir».



Debemos entender el ministerio de Juan el Bautista

¿Qué ministerio cumplió Juan el Bautista antes que Jesús? Muchos cristianos de hoy en día no entienden la figura de Juan el Bautista correctamente y por eso deben echar otro vistazo para entender y apreciar su ministerio adecuadamente. Todos nosotros debemos entender correctamente la relación entre el ministerio de Jesús y el de Juan el Bautista. Al entenderla correctamente experimentarán en primera persona la remisión de sus pecados mediante la fe.

En el pasaje de las Escrituras de hoy, Jesucristo dijo a los discípulos de Juan el Bautista: «Id y referid a Juan lo que habéis oído y visto: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados».

De hecho los ciegos que conocieron a Jesús, vieron; los cojos que no podían levantarse ni andar, anduvieron; los endemoniados fueron librados de sus demonios cuando conocieron a Jesús; y el Evangelio del Cielo fue predicado a los pobres de espíritu.

Debemos darnos cuenta de que el ministerio de Jesús incluía el abrir los ojos a los ciegos. En esta época nuestro Señor nos ha dado el Evangelio del agua y el Espíritu, el verdadero Evangelio que abre los ojos de los pecadores que yerran en las tinieblas.

Antes de encontrar a Jesucristo todos hemos tenido pecados en nuestros corazones y éramos ciegos espiritualmente ante Dios. Nosotros tampoco conocíamos la autenticidad del Evangelio del agua y el Espíritu, ni entendía quién era Jesús; y no éramos conscientes de nuestros pecados y sus fatales consecuencias. No teníamos interés en la verdadera Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu, la Verdad de la salvación que Jesús nos ha dado.

Sin embargo mucha gente ha escuchado esta poderosa Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu y al poner su fe en esta Palabra del Evangelio, sus ojos espirituales se han abierto y han descubierto la Verdad que les permite ser salvada de todos sus pecados. Los que conocen y creen en este verdadero Evangelio han descubierto la Verdad de la remisión de los pecados que no conocían antes: los ojos de su fe se han abierto y ellos han hecho la obra de Dios. Del mismo modo en que vemos todo a través de nuestros ojos físicos, ahora podemos ver el mundo espiritual porque nuestros ojos espirituales se han abierto mediante nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu. Así es como se llega a saber que el ministerio de Jesús es el ministerio del Evangelio del agua y el Espíritu.

Debido a nuestros pecados hemos sido ciegos y cojos espirituales que no podrían ni el ministerio de Dios ni Su obra. En otras palabras, habíamos sido pecadores condenados al infierno. Sin embargo Jesucristo vino al mundo, fue bautizado por Juan el Bautista, derramó Su sangre en la Cruz y cumplió así la obra que borró todos los pecados del mundo. Por tanto cualquiera que crea en esta Verdad puede experimentar que todos sus pecados se han borrado. Jesucristo ha borrado todos nuestros pecados al venir al mundo, ser bautizado por Juan el Bautista y derramar Su sangre en la Cruz. Ahora esta obra sigue revelándose en los corazones de los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu. Con el poder del Evangelio del agua y el Espíritu nuestro Señor a abierto los ojos espirituales de Sus creyentes y ha hecho que los cojos espirituales se levantaran y se pusieran en pie.

Debemos darnos cuenta que si intentamos hacer la obra de Dios sin tener fe en el Evangelio del agua y el Espíritu, no obtendremos ningún beneficio para nuestros cuerpos o nuestros espíritus. Los que no han recibido la remisión de los pecados piensan constantemente: «Debo vivir con virtud. Debo hacer el bien a todo el mundo». Pero nadie es ni remotamente capaz de conseguirlo, de hacer cosas buenas y virtuosas.

Antes de conocer el Evangelio del agua y el Espíritu teníamos pecados en nuestros corazones y todos éramos pecadores y como consecuencia no podíamos saber cómo es la obra justa ni llevarla a cabo. Sin embargo como nuestro Señor aceptó todos nuestros pecados a través de Su bautismo y al borrarlos mediante la sangre que derramó en la Cruz mientras cargaba con todos los pecados del mundo, fuimos salvados. Como Jesús nos ha salvado de todos nuestros pecados mediante el poder del Evangelio del agua y el Espíritu ahora podemos vivir según la voluntad de Dios. Ahora somos capaces de experimentar el poder de este Evangelio verdadero y ser salvados.

Al darnos nueva vida mediante la Verdad de la salvación a los que hemos sido cojos espirituales, Jesucristo nos ha permitido ser salvados de todos nuestros pecados y nuestras maldiciones. Lo que Jesús dijo aquí: «Los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan» se ha cumplido en todos nuestros corazones que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu. Antes, como éramos pecadores, también éramos leprosos espirituales. En ese momento nuestros corazones tenían pecado y no podíamos ser limpiados a no ser que pusiéramos nuestra fe en este Evangelio del agua y el Espíritu.

Nuestro Señor dijo que los sordos oían. Mientras habíamos sido pecadores no podíamos entender la Palabra de Dios aunque la escuchásemos. Pero ahora al ser revestidos del poder del Evangelio del agua y el Espíritu y poner nuestra fe en él, podemos entender la Palabra de Dios, entender su verdadero significado y creer en ella de todo corazón.

Los espíritus de todo el mundo tienen sed y hambre espiritual. Sufren de su sordera y cojera espiritual. Pero el Señor les brinda la oportunidad de ser curados al permitirnos predicarles el Evangelio del agua y el Espíritu. Debemos tener compasión por ellos. Debemos recordar que cuando no conocíamos este Evangelio de salvación, el Evangelio del agua y el Espíritu, no teníamos ninguna satisfacción, y no podíamos evitar tener pecados en el corazón. No debemos olvidar Su gracia y misericordia que nos ha hecho pasar de ser pecadores a ser justos.

Nuestros Señor les habló a los discípulos de Juan sobre los milagros que había hecho para que supieran que Jesús era el Hijo de Dios, el verdadero Salvador y el Mesías que está por venir.

Algunos pueden decir que mientras Juan el Bautista estaba en la cárcel fue tentado y dudó que Jesús fuera el Mesías que está por venir, y por eso envió a sus discípulos a hablar con Jesús. Pero esto no es cierto. ¿Quién era Juan el Bautista? El mayor hombre nacido de mujer. Era incluso mayor que cualquier otro siervo de Dios. En otras palabras Juan no envió a sus discípulos a Jesús para preguntarle: «¿Eres Tú el que ha de venir?» porque no creyera en Él. Al contrario, estaba educando a sus discípulos para que supieran quién era Jesús.

Juan el Bautista sabía quien era Jesús y creía en Él como Salvador e Hijos de Dios; lo que es más, había oído el testimonio de Dios Padre cuando bautizó a Jesucristo en el río Jordán (Mateo 3, 17), y había dado testimonio de Jesús. Como algunos de sus discípulos no conocían a Jesús correctamente, Juan el Bautista los envió a Jesús, para enseñarles que Jesucristo era el Salvador que estaba por venir. De hecho una vez Juan el Bautista supo que Jesucristo era el Mesías que está por venir, intentó volver a su ministerio y enviar a sus discípulos a Él. Para dar a conocer al pueblo de Israel quién era Jesús, Juan dijo: «Preciso es que El crezca y yo mengüe» (Juan 3, 30). Ejemplo, Andrés, el hermano de Simón Pedro había sido discípulo n Juan, pero siguió al Señor después de escuchar a Juan dando testimonio de Jesús (Juan 1, 40).

Aunque los críticos de Juan el Bautista digan hoy en día toda clase de tonterías, incluso sin conocerle, afirmando: «Juan el Bautista fue un fracaso. Cayó en la tentación y no creyó en Jesús. Su fe se vino a bajo en la cárcel».

Pero queridos hermanos no deben dudar la fe de Juan el Bautista. Jesús y Juan el Bautista tenían sus tareas que cumplir juntos en el esquema de la providencia de Dios Padre. Esta tarea era bautizar y ser bautizado, es decir los ministerios que debían cumplir la justicia de Dios. Por eso Jesús y Juan el Bautista testificaron sobre el ministerio de cada uno.

Mateo 11, 7-9 dice: «Cuando éstos se hubieron ido, comenzó Jesús a hablar de Juan a la muchedumbre: ¿Qué habéis ido a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué habéis ido a ver? ¿A un hombre vestido muellemente? Mas los que visten con molicie están en las moradas de los reyes. Pues ¿a qué habéis ido? ¿A ver a un profeta? Sí, yo os digo que más que a un profeta».

Jesús dijo: «¿Por qué fuisteis al desierto? ¿Queríais ver a un profeta? Si es así, estabais en lo cierto. Os digo que Juan el Bautista es más que un profeta». Entonces Jesús describió a Juan el Bautista refiriéndose a Malaquías 3, 1.

Mateo 11, 10 es un pasaje que cita a Malaquías 3, 1. Jesús dijo aquí: «Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío a mi mensajero delante de tu faz, que preparará tus caminos delante de ti». Refiriéndose al pasaje en Malaquías 3, 1 Jesús testificó que Juan el Bautista era el verdadero mensajero de Dios que fue delante de Jesús.

¿Quién es el mensajero de Dios de quien está escrito en Malaquías 3, 1? No es otro que Juan el Bautista. Malaquías 4, 5-6 también dice que el mensajero en Malaquías (Envío a mi mensajero), es Juan el Bautista.

En Mateo 11, 11 Jesús dijo: «En verdad os digo que entre los nacidos de mujer no ha aparecido uno más grande que Juan el Bautista. Pero el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él».

¿Por qué nos dijo esto nuestro Señor? ¿Por qué dijo que Juan el Bautista era el más grande de los nacidos de mujer? Jesús nos está diciendo que Juan el Bautista era el mensajero de Dios del que estaba profetizado en el Antiguo Testamento y que es el representante de la humanidad.

Este pasaje continúa con otra frase difícil: «Pero el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él». Muchos falsos maestros juzgan a Juan Bautista como un fracaso por esta frase. Dicen: «Como Juan el Bautista dudaba que Jesús fuera el Mesías, el Señor le consideraba mínimo». Pero esto es una tontería.

Lo que Jesús está diciendo realmente es que aunque Juan el Bautista fuera el representante de la humanidad, espiritualmente hablando, era un hombre humilde que no podía ser comparado con los que se habían convertido en hijos de Dios. En otras palabras, aunque Juan el Bautista sea el representante de todos los hombres, no se puede comparar con los nacidos de nuevo.

En realidad Juan era el hombre más grande nacido de mujer desde un punto de vista humano. Se crió como un nazareno y vivió una vida ascética en el desierto comiendo langostas y miel silvestre. Desde el punto de vista de la rectitud humana, era el más grande. Pero esta rectitud humana no sirve de nada comparada con la justicia de Dios, que se le da a todo el que entra en Su reino por la fe. Y como los que se han convertido en el pueblo del Reino de los Cielos al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, han recibido la justicia de Dios, son más grandes que cualquiera que confíe en su propia rectitud. Uno se puede convertir en el representante de la humanidad en este mundo, pero es menor que los que se han convertido en el pueblo de Dios al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu.

Por tanto cuando Jesús dice: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos está en tensión, y los esforzados lo arrebatan», lo dijo porque Juan el Bautista le había bautizado pasándole todos los pecados del mundo. Así Juan el Bautista fue el último Sumo Sacerdote y profeta del Antiguo Testamento, y su ministerio acabó cuando bautizó a Jesús y dio testimonio de Él. Jesús nos está diciendo que todo lo profetizado en el Antiguo Testamento acabó con Su aparición y la aparición de Juan el Bautista, y con el ministerio del bautismo de Jesús realizado por Juan.

Dicho de otra manera, en los tiempos de Juan el Bautista y Jesús, toda la justicia de Dios se cumplió. Jesús vino al mundo y fue bautizado por Juan para que la era del Nuevo Testamento se abriera. Esta era del Nuevo Testamento es la era del Evangelio de poder, y en ella quien cree en este Evangelio del agua y el Espíritu puede recibir la remisión de los pecados y convertirse en hijo de Dios. Al terminar la era del Antiguo Testamento que duró hasta los días de Juan al Bautista cuando Jesucristo vino a la tierra, tomó los pecados del mundo en Su bautismo, derramó Su sangre y borró todos nuestros pecados, las puertas del Cielo se han abierto de par en par para todos los que creen en esta Verdad.

Desde que Jesús tomó los pecados de todo el mundo mediante Su bautismo, la era del Nuevo Testamento ha empezado. Todas las profecías del Antiguo Testamento se cumplieron a través de Juan el Bautismo y Jesucristo. Jesucristo aceptó los pecados de la humanidad de una sola vez al ser bautizado por Juan el Bautista, derramó Su sangre en la Cruz y ha borrado todos los pecados del mundo. Por eso nuestro Señor dijo que desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el Reino de los Cielos sufre violencia.

Al aceptar Jesús los pecados del mundo mediante el bautismo de Juan el Bautista, cualquiera que crea en esta Verdad puede entrar en el Cielo por la fe. Dicho de otra manera como Juan el Bautista pasó todos los pecados de la humanidad a Jesús mediante el bautismo, Jesús tomó los pecados de una sola vez sobre sí mismo. Juan el Bautista había nacido de los descendientes de la casa de Arón, el Sumo Sacerdote, y por eso pudo cumplir el papel de pasar los pecados del mundo a Jesús como último Sumo Sacerdote del Antiguo Testamento.

El que todo el que crea en esta Verdad pueda entrar ahora en el Cielo por la fe se debe a que Juan el Bautista pasó todos los pecados del mundo a Jesús al bautizarle, y como Jesús tomó estos pecados sobre Sí mismo, la era de la salvación de la humanidad ha amanecido sobre nosotros. Con este gran hecho histórico, la era del Antiguo Testamento acabó y la del Nuevo Testamento empezó. Y Jesús cumplió Su ministerio como nuestro Salvador al tomar todos nuestros pecados sobre Sí mismo en Su bautismo, derramar Su sangre y levantarse de entre los muertos. Por tanto una nueva era se ha abierto para los que creen en el bautismo que Juan el Bautista administró a Jesús, en la que el Reino de los Cielos sufre violencia.

El Reino de los Cielos no puede ser tomado por la fuerza mediante la fuerza de la carne. ¿Cuál es el significado espiritual de este pasaje? Es este: Jesús nos cuenta el misterio del Cielo, que es que al aceptar los pecados de la humanidad cuando Juan el Bautista le bautizó y al ser crucificado, derramar Su sangre y levantarse de entre los muertos, cualquiera puede hacer suyo el Cielo al creer en este Evangelio.

Nuestro Señor dijo: «Porque todos los profetas y la Ley han profetizado hasta Juan». En otras palabras las profecías del Antiguo Testamento duraron hasta los días de Juan el Bautista. Por supuesto es más preciso decir que la era del Antiguo Testamento duró hasta el nacimiento de Jesús. Pero fue exactamente cuando Juan bautizó a Jesús cuando las profecías del Antiguo Testamento se cumplieron espiritualmente.



El Elías que ha de venir era este hombre: Juan el Bautista

Jesús dijo en Mateo 11, 13: «Y si queréis oírlo, el es Elías, que ha de venir». Este pasaje nos dice que el mensajero de Dios del que se habla en Malaquías 3, 1 y 4, 5-6 no es otro sino Juan el Bautista. Como Juan el Bautista es el representante de la humanidad, el más grande nacido de mujer, era más grande que todos los demás profetas del Antiguo Testamento. Juan el Bautista era un siervo de Dios que era más grande que cualquier otro siervo como Moisés, Elías, Jeremías, Ezequiel y Daniel.

Cuando vino al mundo cumplió su papel de profeta y como representante de la humanidad cumplió su papel de Sumo Sacerdote del Antiguo Testamento. Como Juan el Bautista bautizó a Jesús en el río Jordán, los pecados de la humanidad se pasaron a Jesús. Todas las profecías del Antiguo Testamento se cumplieron mediante el ministerio de Juan el Bautista y el ministerio de Jesús.

Por tanto todos debemos darnos cuenta y creer que el papel de Juan el Bautista era absolutamente indispensable en la obra de la salvación de la humanidad. El ministerio de Juan el Bautista jugó un papel complementario cuando Jesús cumplió el Evangelio del agua y el Espíritu. Todos nosotros debemos darnos cuenta que mediante el bautismo que recibió de Juan el Bautista, Jesús cumplió las profecías del Antiguo Testamento.

En relación con la providencia de la salvación de la humanidad, todos debemos creer en ella sin falta y saber qué profunda es esta Verdad. Lo que les estoy explicando es la relación entre el ministerio de Jesús y el de Juan el Bautista. Necesariamente estos ministerios de Jesús y Juan el Bautista debían cumplir la voluntad de Dios Padre conjuntamente. Y si Juan el Bautista no hubiera testificado sobre Jesús como el Salvador y si no hubiera pasado los pecados del mundo sobre Él al bautizarlo, Jesús no hubiera podido cumplir Su ministerio que borró todos los pecados del mundo.

Al testificar Juan el Bautista sobre Jesús como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» pudimos ser salvados de nuestros pecados creyendo. Así es como hemos sido librados de todos nuestros pecados poniendo nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu.

Podemos creer en el verdadero Evangelio completamente cuando creemos completamente en el pasaje de las Escrituras que describe quién es Juan el Bautista. Para ello abramos la Biblia por Malaquías 3, 1, confirmemos este pasaje con nuestros ojos y creamos que el mensajero de Dios era Juan el Bautista. Sólo entonces podemos predicar con confianza el papel de Juan el Bautista y el de Jesús cuando testifiquemos el poder del Evangelio del agua y el Espíritu a todo el mundo.

Malaquías 3, 1 dice: «He aquí que voy a enviar a mi mensajero, que preparará el camino delante de mí, y luego en seguida vendrá a su templo el Señor a quien buscáis, y el Ángel de la alianza que deseáis. He aquí que llega dice Yavé de los ejércitos».

¿Quién es el mensajero en este pasaje? El Señor de los ejércitos dijo que enviaría a Sus siervos a este mundo, y en Mateo 11, 10 en el Nuevo Testamento, Jesús dio testimonio de este pasaje del Antiguo Testamento. Cuando comparamos estos dos pasajes, vemos claramente que el mensajero de Dios no es otro que Juan el Bautista sobre quien Jesús testificó. ¿Quién creemos que fue Juan el Bautista? El mensajero de Dios, quien El había prometido enviarnos en el Antiguo Testamento: Juan el Bautista.



El ministerio que era absolutamente indispensable para borrar los pecados del mundo

Leamos la última parte de Malaquías 3, 1 de nuevo: «Y luego en seguida vendrá a su templo el Señor a quien buscáis, y el Ángel de la alianza que deseáis». El Ángel de la alianza profetizado aquí se refiere a Jesucristo. Así la profecía del Antiguo Testamento debía ser cumplida por Juan el Bautista y Jesucristo ya que fueron enviados a este mundo según la voluntad de Dios Padre. Este pasaje está relacionado con otra profecía que dice: «He aquí que la virgen grávida da a luz, y le llama Emmanuel» (Isaías 7, 14). En otro pasaje, Isaías 53, 5 está escrito: «Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. El castigo de nuestra paz fue sobre él, y en sus llagas hemos sido curados». Esto nos dice que Jesucristo, el Hijo de Dios prometido en el Antiguo Testamento, vendría al mundo y borraría los pecados de la humanidad.

Dios continuó en Malaquías 3, 2-3: «¿Y quién podrá soportar el día de su venida? ¿Quién podrá mantenerse firme cuando aparezca? Porque será como fuego de fundidor y como lejía de batanero, y se pondrá a fundir y depurar la plata, y a purgar a los hijos de Leví, y los acrisolará como al oro y la plata, para que ofrezcan a Yavé oblaciones en justicia».

Tal y como Dios había prometido en este pasaje: «Purgará a los hijos de Leví y los acrisolará como al oro y la plata, para que ofrezcan a Yavé oblaciones en justicia», esta promesa se ha cumplido.

En el Nuevo Testamento, al tomar Jesucristo todos los pecados del mundo mediante el bautismo que recibió de Juan el Bautista y Su derramamiento de sangre, cumplió la Salvación de nuestros pecados. Este pasaje habla del poder de la remisión de los pecados de la humanidad que Jesucristo cumplió al ser bautizado por Juan el Bautista y al derramar Su sangre.

Dios dijo en Malaquías 3, 2: «¿Y quién podrá soportar el día de su venida?¿Quién podrá mantenerse firme cuando aparezca?». ¿Quién pudo levantarse contra Jesucristo cuando vino a la tierra? ¿Quién pudo impedir que cumpliera Su ministerio que borró los pecados del mundo al ser bautizado por Juan y derramar Su sangre?

Una vez alguien capturó a Jesús e intentó matarlo empujándolo por un acantilado, pero Él paso entre ellos con gran dignidad (Lucas 4, 28-30). Debemos reconocerle como el Dios.

Nuestro Señor tomó todos nuestros pecados de una sola vez mediante el poder del Evangelio del agua y el Espíritu, los borró con este poder del Evangelio del agua y el Espíritu a través de Su crucifixión y volverá a llevarse a los que crean. ¿Quién, de entre los que no creen, podría levantarse ante Dios en el Día del Juicio? Está escrito: «¿Quién podrá mantenerse firme cuando aparezca?». Sólo los que han recibido la remisión de los pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu pueden mantenerse firmes ante Dios. Nadie más puede mantenerse firme ante Él. Si nos mantenemos firmes ante Jesucristo es este día con todos nuestros pecados, seremos destruidos.

Malaquías 3, 2 dice: «Porque será como fuego de fundidor y como lejía de batanero». ¿Quién es Él? Es Jesucristo, el único salvador que ha borrado los pecados de la humanidad como fuego de fundidor y como lejía de batanero. Este pasaje profetiza que Jesucristo limpiaría nuestros pecados al ser bautizado, y que limpiaría los corazones de todos al derramar Su sangre.

Mis queridos hermanos, cuando nuestro Señor vino al mundo, tomó todos los pecados de la humanidad de una vez por todas al recibir el bautismo de Juan el Bautista. Y llevó estos pecados a la Cruz, fue crucificado, murió en la Cruz, se levantó de entre los muertos, y nos ha salvado de nuestros pecados y de su condena. Así es como Jesús borró los pecados de todo el mundo. Jesús es el Salvador que ha borrado los pecados de todo el que cree en Dios. Del mismo modo en que nuestra ropa se lava con jabón, quien cree en el poder del Evangelio del agua y el Espíritu puede limpiar todos sus pecados y puede librarse de su condena. Quien cree en el Evangelio del agua y el Espíritu será salvado de todos sus pecados perfectamente.

Pero a pesar de ello, muchos cristianos tienen pecados en sus corazones aunque profesen creer en Jesucristo como su Salvador, porque no conocen el poder del Evangelio del agua y el Espíritu.

No todas las pepitas de oro son puras. Para convertirlas en 100% oro puro, se deben refinar. Para ello las pepitas de oro se colocan en un horno y se calientan en un fuego violento. Cuando las pepitas se han derretido, las impurezas salen a flote. Sólo cuando las impurezas se quitan con las herramientas adecuadas, las pepitas se convierten en oro puro; pero si no se quitan, no son oro puro. Del mismo modo en que estas pepitas pasan por el proceso de refinamiento que quita las impurezas, Jesús tomó los pecados del mundo al ser bautizado por Juan y derramó Su sangre para que los pecados del mundo fueran borrados. Al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu todos nosotros podemos deshacernos de nuestros pecados.

Malquías 3, 3 dice: «Y se pondrá a fundir y depurar la plata, y a purgar a los hijos de Leví, y los acrisolará como al oro y la plata, para que ofrezcan a Yavé oblaciones en justicia». Esto nos dice que el Señor ha purificado a los hijos de Leví de sus pecados. Espiritualmente hablando, los hijos de Leví se refiere a los santos que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu.

El pueblo de Israel estaba compuesto de doce tribus: Jacob tuvo doce hijos y los descendientes de estos hijos constituyeron las doce tribus de Israel. De entre estas tribus, los descendientes de Leví habían sido escogidos especialmente para servir a Dios como sacerdotes que estaban dedicados a las tareas del Tabernáculo. Así que sólo los descendientes de Leví podían ser sacerdotes de Dios. Y Dios limpió sus pecados a través del sistema expiatorio del Tabernáculo.

Hoy en día Dios también ha permitido a Sus creyentes servirle lavando todos los pecados de sus corazones primero con el poder del Evangelio del agua y el Espíritu, del mismo modo en que el oro es refinado y la ropa se lava con lejía para hacerla blanca.

Dios dijo en Malaquías 3, 3: «Para que ofrezcan a Yavé oblaciones en justicia». Nuestro Señor vino al mundo y recibió ayuda de Juan el Bautista, aceptó todos los pecados del mundo al ser bautizado, derramó Su sangre y así los borró. Juan el Bautista pasó todos los pecados de la humanidad a Jesús de una sola vez al bautizarle, y Jesucristo, al aceptarlos mediante el bautismo de Juan el Bautista, al morir en la Cruz y levantarse de entre los muertos, nos ha salvado de todos los pecados de la humanidad. Todo el que cree en Dios y en este poder del Evangelio del agua y el Espíritu, sin importar si es el mismo es insuficiente o no, puede ser salvado de todos sus pecados mediante el poder del bautismo y derramamiento de sangre de nuestro Señor.

Jesús fue bautizado y derramó Su sangre por nosotros y así borró nuestros pecados. Al ser bautizado por Juan el Bautista y derramar Su sangre, Jesús borró los pecados de la humanidad como si hubieran sido descoloridos. Nuestro Señor ha hecho nuestros pecados blancos como la nieve, del mismo modo en que la ropa se limpia con jabón. Nuestro Señor ha limpiado todos nuestros pecados con el Evangelio del agua y el Espíritu.

Nuestro Señor vino al mundo y tomó todos nuestros pecados al ser bautizado por Juan el Bautista. Creer en esto no implica que Juan el Bautista sea otro Salvador. Juan el Bautista fue el último profeta del Antiguo Testamento y el representante de la humanidad, y el Sumo Sacerdote terrenal que fue enviado a este mundo para cumplir la profecía del Antiguo Testamento, y en especial la profecía de Elías que está por venir.

Como Juan el Bautista, que vino a la tierra seis meses antes que Jesucristo, bautizó a Jesús, todos los pecados del mundo se le pasaron a Él. Por tanto las profecías del Antiguo Testamento sobre Jesús se cumplieron con la aparición de Juan el Bautista, el bautismo que administró a Jesús, y la crucifixión, muerte y resurrección de Jesucristo. Cuando Jesús vino al mundo borró todos los pecados del mundo al aceptarlos en Su bautismo. Al tomar sobre Sí mismo todos los pecados del mundo, morir en la Cruz, y levantarse de entre los muertos, Jesús se ha convertido en nuestro Salvador. Ahora, cualquiera que crea en esta Verdad puede ser salvado de sus pecados. Al convertirse en nuestro Salvador, Jesús cumplió la voluntad de Dios Padre.

Todos debemos saber que a través del papel de Juan el Bautista, Jesús tomó todos los pecados del mundo. Todos debemos darnos cuenta de que el ministerio de Juan el Bautista y Jesús fue indispensable para la remisión de nuestros pecados, y debemos creer en ello. Además debemos reconocer y creer que Jesús fue bautizado por Juan el Bautista para borrar todos los pecados del mundo. Debemos creer que como Jesús fue bautizado por Juan el Bautista, derramó Su sangre en la Cruz y así borró todos nuestros pecados. En el Evangelio del agua y el Espíritu se encuentra el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento y la providencia de la salvación cumplió la voluntad de Dios Padre.

El Evangelio del agua y el Espíritu conlleva el papel indispensable de Juan el Bautista, y este Evangelio contiene la Verdad de que a través del papel de Juan el Bautista, Jesús cumplió la Palabra del Antiguo Testamento, y de que se ha convertido en el Salvador de todos los que creen en esto. Junto con este papel de Juan el Bautista, Jesús cumplió todas las promesas del Antiguo Testamento. Debemos creer que Jesús, al ser bautizado, ha borrado todos nuestros pecados.

Mis queridos hermanos, ¿creen en esto? ¿Creen que Jesucristo ha borrado todos los pecados del mundo al ser bautizado y derramar Su sangre? Jesús aceptó todos los pecados del mundo y los borró al recibir el bautismo de Juan el Bautista. Mediante este bautismo, Jesús aceptó todos y cada uno de los pecados del mundo, sin dejar ni uno solo; los borró y fue condenado por todos ellos.

Cuando Jesús vino al mundo, no obró por Sí solo, sino que para tomar todos los pecados del mundo y cumplir con la Palabra del Antiguo Testamento, fue bautizado por Juan el Bautista, el Sumo Sacerdote terrenal. Al recibir este bautismo cumplió todas las profecías de la expiación en el Antiguo Testamento con Su propio cuerpo. Al ser bautizado para aceptar todos los pecados del mundo, derramar Su sangre y levantarse de entre los muertos, Jesús ha borrado todos nuestros pecados. Este es el Evangelio del agua y el Espíritu.

Con este Evangelio del agua y el Espíritu, Jesús ha borrado todos los pecados de todos los creyentes. A través de Su bautismo, Jesús aceptó todos los pecados del mundo sin excepción, los llevó a la Cruz, y derramó Su sangre hasta la muerte para ser condenado por estos pecados, se levantó de entre los muertos y así ha borrado nuestros pecados. ¿Creen en esto?

En Mateo 11, cuando Juan el Bautista envió a sus discípulos a Jesús, contestó a su pregunta y les envió otra vez a Juan, diciendo lo siguiente: «¿Qué fuisteis a ver en el desierto?¿Una caña? ¿A un hombre vestido muellemente? ¿O a un profeta? Sí, veréis a Mi profeta, al que yo he enviado. No es otro que Juan el Bautista. Es el hombre más grande nacido de mujer. Es el representante de la humanidad. Pero el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él. Juan el Bautista es el representante de la humanidad, pero si se presenta ante Dios con su justicia, es menor que cualquier nacido de nuevo».

Jesús dijo entonces: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos está en tensión, y los esforzados lo arrebatan».

Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los cielos está en tensión y nuestro Señor sigue diciendo: «Los esforzados lo arrebatan». Este pasaje no significa que los fuertes vayan a agredir a los guardas del Cielo, después vayan a abrir las puertas y meterse a la fuerza.

Ahora son los días en que el Evangelio del agua y el Espíritu debe mostrar su poder. Nadie puede entrar en el Reino de los Cielos, excepto los nacidos de nuevo que han borrado sus pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu (Juan 3, 5). Dicho de otra manera, sólo podemos entrar en el Reino de los Cielos si creemos en este ministerio del Evangelio del agua y el Espíritu.

Por eso Jesús dijo que el momento de entrar al Cielo empezó en los días de Juan el Bautista. Juan el Bautista pasó los pecados de la humanidad a Jesús al bautizarlo, Jesús lo aceptó y por eso nuestro Señor aceptó nuestros pecados, los borró y pagó el precio en la Cruz. Quien cree en esta Verdad recibirá la remisión de los pecados por creer y entrará en el Cielo por esta fe.

Lo que Jesús dijo no implica que el Cielo sea un lugar donde sólo los poderosos en la carne puedan entrar. El quiso decir que sólo la gente de fe que cree en el puede entrar en el Cielo.

La gente que no conoce el poder del Evangelio del agua y el Espíritu dudan sobre el pasaje de Mateo 11, 12, que dice: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos está en tensión, y los esforzados lo arrebatan». Se quedan perplejos, pensando: «¿No son saqueadores los que arrebatan el Reino de los Cielos?».

Cuando se dice que el Reino de los Cielos sufre tensión, se refiere a que nuestra fe segura en la justicia de Dios nos permite hacer nuestro el Cielo. Nos está diciendo que los que tienen fe en el poder del Evangelio del agua y el Espíritu pueden hacer suyo el Cielo. Al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu ante Dios, y sólo con esta fe, podemos hacer nuestro el Reino de los Cielos. No podemos entrar en el Reino de los Cielos con nuestra justicia. Si tuviéramos que presentarnos ante Dios con nuestros propios méritos, ninguno de nosotros podría mantenerse firme. Sin embargo cuando confiamos en Su justicia al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu podemos tener la seguridad de entrar en el Cielo y presentarse ante Dios (Gálatas 3, 27). Todo el que cree en la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu puede hacer suyo el Cielo.

¿Qué hay de ustedes? ¿No quieren hacer suyo el Reino de los Cielos poniendo su fe en el Evangelio del agua y el Espíritu? ¿Han creído en el Evangelio del agua y el Espíritu hasta ahora? ¿Han creído en el ministerio de Jesús y el de Juan el Bautista para hacer suyo el Reino de los Cielos?

Cualquiera que no haya hecho suyo el Cielo no lo ha hecho porque no ha puesto su fe en el poder del Evangelio del agua y el Espíritu. Deben creer en esta Verdad. La Verdad que les permite entrar en el Cielo no es otra que el Evangelio del agua y el Espíritu. La fe en este Evangelio del agua y el Espíritu es la esencia de la fe cristiana porque estamos justificados por la fe y sólo por la fe.

Esto se debe a que Juan el Bautista pasó todos los pecados del mundo a Jesús al bautizarle y como Jesús aceptó estos pecados a través de Juan el Bautista al recibir el bautismo, Él ha borrado todos los pecados de los que creen en Él, del mismo modo en que la ropa se lava con jabón y se blanquea. Al ser bautizado por Juan el Bautista y derramar Su sangre, nuestro Señor ha borrado perfectamente nuestros pecados. Por eso la gente que cree en el papel de Juan el Bautista y en el bautismo y derramamiento de sangre de Jesús como la Verdad de la remisión de los pecados es librado de todos sus pecados por la fe y puede entrar en el Reino de los Cielos. Este Reino de los Cielos pertenece a los esforzados por la fe, los que poseen la fe audaz.

La remisión de los pecados se recibe a través de la fe en el Evangelio del agua y el Espíritu. Podemos entrar en el Cielo al creer que Jesús es Dios mismo, que es el Dios que nos creó, nuestro Salvador y que ha borrado completamente nuestros pecados al ser bautizado. Al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu nos convertimos en hijos de Dios y estar sin pecado. Jesús y Juan el Bautista son los que hicieron posible que entrásemos en el Reino de los Cielos por la fe. ¿Creen en esto?

Los que tienen pecados en sus corazones ahora, como no tienen fe en el Evangelio del agua y el Espíritu, siguen siendo pecadores. No sólo no reconocen el Evangelio del agua y el Espíritu, sino que niegan el significado esencial de Juan el Bautista.

Debemos darnos cuenta de que no saber que Juan el Bautista obró con Jesús para pasarle nuestros pecados, o pensar que es un fracaso, es lo mismo que negar a Jesús y rechazar la salvación. Esta gente tiene pecados en sus corazones aunque digan creer en Jesús y creen en Él ciegamente. Estos pecadores que tienen pecados en sus corazones creen según su razón y por eso sus corazones no están limpios y continúan luchando con sus pecados.

Hace un tiempo, se me acercó un grupo de cristianos que decía que Juan el Bautista era un fracaso basándose en ese pasaje de la Biblia. Su argumento era que como Juan el Bautista envió a sus discípulos a Jesús para preguntarle: «¿Eres el que ha de venir o debemos esperar a otro?», esto significaba que Juan el Bautista dudó que Jesús fuera el Salvador. No entendieron correctamente las palabras de Juan porque consideraban que había fracasado.

Si no se entiende correctamente el papel de Juan el Bautista y lo importante que fue su ministerio, tienen lugar este malentendido. Si esta gente hubiera entendido lo más mínimo el Antiguo Testamento y hubieran sabido que el ministerio de Juan el Bautista fue profetizado y escrito en detalle en el libro de Malaquías, no hubieran lo malinterpretado. Lo mismo puede aplicarse a nosotros. Si no hubiéramos entendido el papel de Juan el Bautista y el ministerio de Jesús, no hubiéramos podido entender el Evangelio del agua y el Espíritu. Si esto fuera así ¿cómo serían las consecuencias?

Algunos discípulos de Juan no creían en Jesús como el Mesías que ha de venir. Por eso Juan el Bautista envió a sus discípulos a Jesús para que vieran quién era, escucharan Su Palabra con sus propios oídos, creyeran en Él y le siguieran. Si alguien no entiende el ministerio de Juan el Bautista, no puede entender del verdadero Evangelio y si no entiende el Evangelio correctamente, no puede conocer a Jesús, y como resultado se separará de la Verdad y acabará no creyendo en cualquier verdad.

Por eso el pasaje de Malaquías es tan importante. Por supuesto que todos los pasajes del Antiguo Testamento son importantes, pero el Libro de Malaquías es especialmente relevante, porque profetiza la venida de Jesús y Juan el Bautista, el siervo de dios que bautizaría a Jesús. Con el Libro de Malaquías acaban las profecías del Antiguo Testamento.

Después del profeta Malaquías, ningún otro siervo de Dios apareció durante 400 años. Después de este lapso de tiempo Juan el Bautista apareció. ¿Dónde apareció? En el desierto. Al hacer su aparición pública, Juan el Bautista gritó a los israelitas de su tiempo: «Arrepentíos, obradores de iniquidad». Era un siervo de Dios que se vestía con pieles de camello y comía langostas y miel silvestre. Juan el Bautista era un verdadero mensajero de Dios.

Todos ustedes deben entender el hecho de que Juan el Bautista cumplió con su deber, que era bautizar a Jesús. Las profecías sobre Juan estaban escritas en el Libro de Malaquías y en el Libro de Isaías. Citando Isaías 40, 3, Mateo 3, 3 dice: «Voz que clama en el desierto: “preparad el camino del Señor, haced rectas sus sendas”». Como hemos visto en estas profecías, estaba escrito que Juan el Bautista vendría al mundo y que Jesucristo borraría los pecados del mundo.

Nuestro Señor dijo en Malaquías que purificaría a los hijos de Leví. Esto significa que borró los pecados de todos los que creen en el ministerio del Evangelio del agua y el Espíritu. Nuestro Señor estaba profetizando que esa sería la manera en la que ofrecería la justicia de Dios y que nos haría ofrecer nuestra fe, la fe en que Dios ha borrado nuestros pecados, como nuestra ofrenda hacía Él.

Jesús dijo en Mateo 11, 13: «Porque todos los profetas y la Ley han profetizado hasta Juan». Las profecías del Antiguo Testamento duraron hasta que el papel de Juan el Bautista fue cumplido. El Antiguo Testamento profetizó cómo vendría Jesús a la tierra y tomaría nuestros pecados, y este Antiguo Testamento duró hasta Juan. Cuando Juan bautizó a Jesús y Jesús recibió este bautismo, El tomó todos los pecados del mundo sobre Sí mismo y nos salvó. Cuando Jesús tomó todos nuestros pecados para cumplir las profecías del Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento se abrió. Por tanto cuando creemos en el Antiguo y el Nuevo Testamento estamos salvados.

Jesús continuó en el versículo 14: «Y si queréis oírlo, el es Elías, que ha de venir». El profeta Elías, cuya venida fue profetizada en el Libro de Malaquías, es Juan el Bautista. No hay duda de que debemos alegrarnos y aceptar esta profecía, y aceptar esta cumplimento de la Palabra en nuestros corazones.

Algunos se preguntarán: «¿Dónde se menciona a Elías en el Antiguo Testamento?». Pasemos a Malaquías 4, 5-6 para encontrar la respuesta. «He aquí que yo enviaré a Elías el profeta antes que venga el día de Yavé, grave y terrible. El convertirá el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres, no sea que venga yo y entregue a la tierra toda al anatema» (Malaquías 4, 5-6).

Cuando se dice: «Antes que venga el día de Yavé, grave y terrible» significa «antes del día del Juicio Final». Así que Dios dijo que enviaría a Elías antes de la venida del Día del Juicio, y en Mateo 11, 14, por otro lado, Jesús dijo: «Y si queréis oírlo, el es Elías, que ha de venir». Los dos pasajes hablan del mismo Elías. ¿Quién es aquel de quien Jesús habló? Es Juan el Bautista.

El Antiguo Testamento es la Palabra de profecía y de la promesa, y el Nuevo Testamento es el cumplimiento de esta profecía y esta promesa.

Como Jesús había prometido enviar a Elías, Juan el Bautista nació seis meses antes que Jesús. Lo que es más, nació según la providencia. Juan no nació en una familia corriente, sino que nació en la casa del Sumo Sacerdote. Su padre, Zacarías, era descendiente de Arón (Lucas 1, 5). Esto significa que Juan el Bautista también pertenecía a la casa de Arón, el Sumo Sacerdote. Nuestro Señor es el Dios que cumple todo lo que promete a Sus siervos según Sus promesas y fiel a Su lealtad. Empezó Su obra de salvación con el nacimiento de Juan el Bautista, como lo había prometido en el Antiguo Testamento.

En el Libro de Levítico en el Antiguo Testamento, Dios había prometido al pueblo de Israel que perdonaría sus pecados cuando el Sumo Sacerdote pasara sus pecados al animal expiatorio al imponer las manos sobre su cabeza, cortar su pescuezo y sacarle la sangre, ponerla en los cueros del altar de los holocaustos y esparcirla por el suelo, llevar la sangre al Lugar Santísimo del Santuario de Dios, y esparcirla al este del Arca del Testimonio (Levítico 16). Dios prometió que perdonaría así los pecados de la humanidad.

Según esta profecía, Jesucristo vino al mundo, aceptó nuestros pecados al ser bautizado por Juan el Bautista, fue condenado por nuestros pecados al morir en la Cruz, y los borró todos. Al hacer todas estas cosas se convirtió en nuestro Salvador.

«¿Qué habéis ido a ver al desierto? ¿Una caña? ¿Un hombre vestido muellemente? ¿O a un profeta? No os equivocáis si habéis ido a ver a un siervo de Dios. En el desierto está el representante de la humanidad y en ese desierto podréis ver a Juan el Bautista, el hombre más grande de todos. El es Elías. Os prometí enviaros a mi siervo Elías, y este Elías es Juan el Bautista. El cumplirá el papel de Elías. Juan es el siervo de Dios que permite a todos entrar en Su reino al reunirlos y traérmelos a Mí y darles testimonio: “Jesucristo es el Hijo de Dios, el Salvador que aceptó todos los pecados de la humanidad, murió en la Cruz, se levantó de entre los muertos y salvó a la humanidad de sus pecados. Es el Mesías”».

Cuando Juan el Bautista vino al mundo cumplió dos ministerios importantes: pasar nuestros pecados a Jesucristo y dar testimonio de nuestro Salvador. ¡Qué grandes son estos ministerios! Gracias a la ayuda de Juan el Bautista, Jesús pudo cumplir la promesa de Dios. Ahora podemos darnos cuenta de que gracias a Juan el Bautista, Jesús cumplió la Palabra del Antiguo Testamento, de que el testimonio de Juan confirmó cómo Jesús cumplió esta Palabra del Antiguo Testamento, y que Dios ha completado nuestra salvación mediante los ministerios de Jesús y Juan el Bautista. A través de Juan el Bautista podemos entender que Jesús y él cumplieron la promesa de Dios. ¿Creen en esto?

Por eso cuando predicamos el Evangelio del agua y el Espíritu no podemos dejar de lado el papel de Juan el Bautista. Si alguien dice que Juan el Bautista fue un fracaso, no es ni un siervo de Dios, ni pertenece a Su pueblo.

Mis queridos hermanos, al ser bautizado y derramar Su sangre, Jesús ha borrado todos nuestros pecados. Probablemente sepan lo que es blanquear, especialmente las mujeres. Cuando hacen a colada, ¿qué pasa si utilizan lejía para limpiar la ropa? Que se vuelven blancas, relucientes. A esto se le llama blanquear.

En la Corea pre-moderna, la gente utilizaba lejía para lavar ropa con muchas manchas. En aquellos días los coreamos sólo llevaban vestimentas blancas, de modo que Corea era conocida como «la nación de los vestidos blancos». Estos vestidos se manchaban y se volvían amarillentos. Entonces ponían los vestidos en un gran cubo con lejía para blanquearlos. Después se sacaban y se lavaban con jabón, dándoles golpes con una pala. Los vestidos se volvían blancos.

Así Jesús ha borrado nuestros pecados, gracias a que tomó nuestros pecados al ser bautizado por Juan el Bautista, y al morir en la Cruz por nosotros. Los ha borrado todos, de manera que no hay nada más que borrar. Los ha borrado perfecta y completamente.

Así Jesús se convirtió en nuestro Salvado. Esta es la importancia del pasaje de Mateo 11, 11-14. Cuando testificamos el Evangelio a otras almas, leemos este pasaje de manera rutinario, pero debemos comprenderlo en su totalidad para que nuestra fe se haga más fuerte en nuestros corazones.

Esta fe que tenemos es muy valiosa. No sólo un puñado de gente en unos pocos países ha nacido de nuevo a través de esta Palabra. Hay muchas almas por todo el mundo que han recibido la remisión de sus pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Toda esta gente ha recibido la remisión de sus pecados al creer en los ministerios de Juan el Bautista y Jesús. No deben avergonzarse de esa fe. Al contrario, esta fe es tan diga y honorable que todos podemos predicarla sin pensarlo dos veces.

Puedo proclamar esta Verdad a todo el mundo con la mayor confianza. Puedo proclamarla a voz en grito a todo pastor y todo teólogo del mundo: «Todo el mundo debe conocer el Evangelio del agua y el Espíritu y creer en él».

Nosotros, los nacidos de nuevo, no somos perfectos en nuestra carne, sino espiritualmente, somos los justos en el mundo entero. Yo creo en esta verdad. Creo que nuestra fe es la fe más grande y no tiene ningún defecto. Creo que somos los levitas espirituales, e igual que los levitas limpiaron a la nación de Israel por la fe, nosotros, los justos, nos hemos convertido en los Sumos Sacerdotes y ofrecemos la justicia a Dios para limpiar al mundo entero con el Evangelio del agua y el Espíritu.

Mis queridos hermanos, ¿creen en el Evangelio del agua y el Espíritu? Ofrecer esta fe verdadera a Dios es ofrecerle un sacrificio puro y correcto. Esta fe en el poder del Evangelio del agua y el Espíritu es la fe que nos permite hacer nuestro el Cielo; es la fe que nos convierte en instrumentos de la justicia; y es la fe que hace posible que seamos obreros de Dios. Este tipo de fe es el sacrificio correcto para Dios.

Doy gracias a Dios por darnos esta fe en el Evangelio del agua y el Espíritu.

 

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