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 Sermones sobre temas importantes por el Rev. Paul C. Jong

 

Nuestro Señor Quién Es Nuestro Abogado


< 1 Juan 2:1-17 >

“Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo. Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo. Hermanos, no os escribo mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que habéis tenido desde el principio; este mandamiento antiguo es la palabra que habéis oído desde el principio. Sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo, que es verdadero en él y en vosotros, porque las tinieblas van pasando, y la luz verdadera ya alumbra. El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas. El que ama a su hermano, permanece en la luz, y en él no hay tropiezo. Pero el que aborrece a su hermano está en tinieblas, y anda en tinieblas, y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos.

Os escribo a vosotros, hijitos, porque vuestros pecados os han sido perdonados por su nombre.
Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis al que es desde el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno. Os escribo a vosotros, hijitos, porque habéis conocido al Padre.
Os he escrito a vosotros, padres, porque habéis conocido al que es desde el principio. Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno.

No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.”



¿Quién Se ha Convertido en Nuestro Abogado?

En el Antiguo Testamento, cuando un pecador traía un animal para el sacrificio para ofrecerlo a Dios, él tenía que creer que mientras que era él quién tenía que morir por sus pecados, en lugar de ello su ofrenda por el sacrificio aceptaba sus pecados en su lugar. Todos aquellos que están por tener esta fe deben creer con su corazón que Dios ha remitido todos sus pecados de acuerdo al sistema de sacrificios del Tabernáculo–esto es, pasando todos sus pecados sobre la ofrenda del sacrificio y extrayendo la sangre del animal.

Este sistema sacrificial era una sombra de los cosas buenas que habrían de venir (Hebreos 10:1). Aquí, la frase “las cosas buenas que habrían de venir” implica las justas obras de Jesucristo, específicamente, Su salvación del agua y el Espíritu. ¿También deseas creer realmente creer en el verdadero evangelio del agua y el Espíritu con tu corazón? Mis compañeros creyentes, cuando venimos ante Dios y nos paramos ante Su presencia, debemos haber recibido el lavamiento de nuestros pecados conociendo y creyendo en la ley de la salvación que nos ha salvado de todos nuestros pecados y los elimino. También debemos saber y creer con nuestro corazón que esta salvación del lavado del pecado es totalmente la misericordia y el amor de Dios, y es con este conocimiento y fe que debemos estar ante Dios.

Como el único camino y fe para que todos nosotros seamos salvos de todos nuestros pecados, debemos creer que Jesucristo es el Hijo de Dios, y por venir a esta tierra, ser bautizado por Juan el Bautista, y de esta manera tomando los pecados del mundo, y muriendo sobre la Cruz y levantándose de entre los muertos, ciertamente Él nos ha salvado perfectamente de todos nuestros pecados, condenación y muerte. Finalmente es por creer en el evangelio del agua y el Espíritu por lo que hemos recibido la remisión de nuestros pecados. Al venir a esta tierra, ser bautizado y derramando Su sangre sobre la Cruz, Jesucristo ha borrado completamente todos nuestros pecados de una vez por todas.

Hebreos 10:11-13 afirma, “Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados; pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies.” Mis compañeros creyentes, Jesucristo de una sola vez borró los pecados de la humanidad, incluyendo todos tus pecados, al venir a esta tierra, ser bautizado, y derramando Su sangre Él borró no solo los pecados que tú y yo hemos cometido desde que nacimos y los que cometeremos hasta el día de la muerte, además Él también borró todos los pecados de nuestros descendientes de una vez por todas.

Jesucristo es Aquel que tomó nuestros pecados y murió por nosotros, es Aquel que ofreció el sacrificio de la salvación. Así dando la ofrenda eterna por el pecado con Su bautismo y la Cruz, Jesús ha completado eternamente nuestra salvación. Tú puedes recibir el lavado de tus pecados solo cuando creas que Jesucristo por siempre ha borrado todos nuestros pecados con el evangelio del agua y el Espíritu de una vez por todas. Cree. Entonces recibirás la remisión eterna de tus pecados. Y recibirás la vida eterna.

Por lo tanto, es de importancia critica que nosotros nos demos cuenta que es por creer en Jesucristo, el Anfitrión del evangelio del agua y el Espíritu, por lo que podemos recibir la remisión eterna del pecado. Aquellos que creen en el bautismo que el Mesías recibió y la sangre que Él derramó sobre la Cruz como su propia remisión del pecado ciertamente han sido remitidos por siempre de todos sus pecados de una vez por todas.

Pero aquellos que no creen en la Verdad de este evangelio seguramente encararan la condenación de sus pecados cuando llegue el día del juicio de Dios. Dios los esta dejando por ahora, pero cuando el Día del Juicio llegue, todos los que tienen pecado absolutamente serán condenados y sufrirán eternamente. Aquellos que han recibido la remisión de sus pecados creyendo en el evangelio del agua y el Espíritu, en contraste, podrán participar en la gloria del Reino de Dios.



¿En Que Libro Están Sus Nombres Escritos Ahora?

Apocalipsis 20:12-15 nos dice que aquellos que tienen pecado en sus corazones tienen su nombre escrito en el Libro de la Obras, mientras que aquellos que han recibido la remisión de sus pecados por fe y por consiguiente están sin pecado tienen su nombre escrito en el Libro de la Vida. Debido a que todos nacen como pecadores, los nombres de todos automáticamente están inscritos en el Libro de las Obras; sin embargo, gracias al Señor quién ha remitido nuestros pecados, los nombres de los creyentes han sido borrados del Libro de las Obras y en vez de eso ahora están inscritos en el Libro de la Vida.

Este pasaje también dice que aquellos cuyos nombres están inscritos en este Libro de las Obras son aquellos que tienen pecado en sus conciencias, y por lo tanto Él los arrojará a todos en el fuego eterno (Apocalipsis 20:15). Este es el mismísimo juicio de la segunda muerte que le espera a cada pecador. Este juicio de la segunda muerte es el juicio del pecado, la condenación arroja a los pecadores en el abismo del fuego para vivir ahí eternamente.

Aquellos cuyos nombres están inscritos en el Libro de la Vida, por otro lado, son los que creen que Dios verdaderamente los ha salvado de todos sus pecados. Ellos son los que creen en la salvación de Dios tejida en los hilos azules, púrpura, escarlata y el fino lino torcido, y que han, por su fe, entrado por la puerta del Tabernáculo, la puerta del Cielo. Nuestro Señor ha otorgado la gran bendición de la salvación sobre aquellos que verdaderamente han recibido la remisión de los pecados de sus conciencias creyendo en el evangelio del agua y del Espíritu. Esta gente cuyos pecados Dios ha remitido son aquellos que saben cómo Jesucristo ha borrado todos los pecados de toda su vida, y creen en ello. Se debe a esta fe nuestra por lo que Dios nos ha permitido recibir de Él la remisión de nuestros pecados.

Esto está escrito en Hebreos 10:19-22, “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.” Por el bautismo y la sangre de Jesús, hemos recibido esta osadía para entrar en el Lugar Santísimo. Jesucristo pudo derramar Su sangre únicamente porque primeramente Él recibió los pecados del mundo al ser bautizado por Juan (Mateo 3:15).

Aquí, el escritor de Hebreos dijo, “y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.”

Para borrar los pecados de la humanidad, Jesucristo dejó el trono glorioso de Dios y vino a esta tierra. Tal como Dios lo prometió a través del profeta Isaías, después de que 700 años pasaron desde que Isaías profetizó, Jesús ciertamente nació en esta tierra a través del cuerpo de la Virgen María. El Mismo Mesías vino a esta tierra encarnado en semejanza de hombre y tomó nuestros pecados a través de Su bautismo en el Río Jordán.

¿Porque Jesús el Dios verdadero tuvo que ser bautizado por un hombre, Juan el Bautista? Esta pregunta ha sido un misterio para cada buscador de la verdad durante años. Sin embargo, gracias al Señor, “dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en si mismo” (Efesios 1:9). El Señor ha hecho que nos demos cuenta del significado de Su bautismo que constituye el evangelio del agua y el Espíritu, el evangelio original que Sus Apóstoles recibieron y predicaron.

Cuando aquí dice, “y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios,” este Sumo Sacerdote se refiere a Jesucristo. Jesucristo es el Sumo sacerdote del Reino de los Cielos, y la parte del Sumo sacerdote terrenal fue cumplido por Juan el Bautista. ¿Porque Dios necesita apartar a un hombre llamado Juan, quién fue el mayor de todos los nacidos de mujer? Esto fue hecho para que Jesús fuera bautizado por Juan el Bautista. Para salvarnos de nuestros pecados, en otras palabras, Dios Mismo como el Sumo Sacerdote celestial bajó Su cabeza ante Juan el Bautista, el representante de toda la humanidad (Mateo 11:11), y recibió el bautismo a través del cual Él aceptó los pecados del mundo.

Fue para llevar nuestros pecados por lo que Jesucristo puso Su cuerpo como nuestra propia ofrenda y fue bautizado por Juan el Bautista. Jesucristo fue ofrecido a Dios Padre como nuestra propiciación. Refiriéndose a esto que “nuestros corazones” han sido “purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura” (Hebreos 10:22).

El pasaje también dice, por lo tanto, “acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe” (Hebreos 10:22). Nos está diciendo que aquellos que se han dado cuenta que son montones de pecado han sido rociados de una mala conciencia y lavados sus cuerpos con agua pura. Esta “agua pura” se refiere al bautismo que Jesús recibió (1 Pedro 3:21).

 ¿Sabes cuantos pecados cometes a través de todo el tiempo de tu vida? Los seres humanos desde el vientre de sus madres nacen con pecado, y están destinados a vivir toda su vida cometiendo pecados hasta el día en que mueren. En otras palabras, todos nacen con mas de doce pecados en sus mentes: Malos pensamientos, adulterios, fornicaciones, homicidios, hurtos, avaricias, maldades, mentiras, lascivias, envidias, maledicencia, soberbia e insensatez (Marcos 7:20). Y pecan física y mentalmente durante todo el tiempo de sus vidas. Debido a que siempre son insuficientes, cometen varias clases de pecado incesantemente. Llegan a darse cuenta que los pecados que cometen hoy los cometerán de nuevo mañana, y los pecados que cometen este año serán cometidos nuevamente el siguiente año. Así, somos tales seres que estamos destinados a continuar pecando una y otra vez hasta el día de nuestra muerte.

Sin embargo, el escritor de Hebreos dice aquí que hemos lavado nuestros cuerpos con agua pura. Esto significa que al ser bautizado en persona por Juan, Jesucristo ha lavado todos nuestros pecados. ¿Cuándo fueron pasados realmente nuestros pecados sobre Jesús y estos fueron lavados? Fue cuando Jesucristo fue bautizado por Juan. Pero de nuestro lado, nuestros pecados fueron todos limpiados al creer en esta Verdad desde el fondo de nuestro corazón. Creemos esto porque Jesucristo se convirtió en nuestra propia ofrenda por el pecado al ser bautizado y al derramar Su sangre.



“Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia” (Mateo 3:15)

Vayamos a Mateo 1:21-23: “Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, Y llamarás su nombre Emmanuel, que traducido es: Dios con nosotros.”

Para salvar a Su pueblo de sus pecados, Dios Mismo encarnó en semejanza de hombre y nació en esta tierra a través del cuerpo de la Virgen María. Dios prometió hace 700 años a través del Profeta Isaías, que Él nos enviaría al Mesías: “He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, Y llamarás su nombre Emmanuel.”

El nombre ‘Emmanuel’ aquí significa que Dios está con nosotros. Entonces, ¿para estar con nosotros que tuvo que hacer Dios? Él lo hizo porque tenía que tomar todos nuestros pecados de una vez por todas. Se debe a que Jesucristo, Dios Mismo, tuvo que tomar nuestros pecados y nació en esta tierra encarnado en semejanza de hombre a través de la Virgen María. Y Jesús permaneció callado hasta la edad de 29, pero al siguiente año, cuando Él cumplió 30, Él sé revelo a sí Mismo.

Entonces, ¿cuando fueron pasados todos nuestros pecados sobre Jesucristo? Para esto, específicamente vayamos a Mateo 3:13-17: “Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.”



La Razón Por La Que Jesús Fue Bautizado Por Juan el Bautista

Aquí, Mateo 3:13-14 dice, “Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” Este Juan es Juan el Bautista. Este Juan nació en la casa de Aarón el Sumo Sacerdote del Antiguo Testamento como su descendiente, y él era el Sumo Sacerdote del Antiguo Testamento quién fielmente cumplió todas sus obligaciones cuando Jesús vino (Lucas 1:5, 76-77).

Probablemente recuerdas que en el Antiguo Testamento, el Sumo Sacerdote ponía sus manos sobre la cabeza de un chivo vivo y extraía su sangre para ofrecer sacrificio a favor del pueblo de Israel en el Día de la Expiación. Dios prometió que a través del sacrificio que era ofrecido de acuerdo al sistema de sacrificios, Él aceptaría la ofrenda y a cambio borraría los pecados de los Israelitas.

Al igual que la ofrenda sacrificial del Antiguo Testamento recibió la imposición de las manos por parte del Sumo Sacerdote, Jesús, también, fue al Río Jordán y tomó los pecados del mundo al recibir el bautismo de Juan, el cual fue realizado de la misma manera. Mateo 11:13-14 dice, “Porque todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan. Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir.” Este pasaje señala que todas las profecías de los profetas del Antiguo Testamento y sus promesas de Dios terminaban con el ministerio de Juan. El llamado de Juan iba a ser realizado con el cumplimiento de su papel–esto es, para bautizar a Jesús y pasar los pecados de la humanidad. Así, ciertamente pasando los pecados del mundo, ahora le era de la promesa termino, y la era de la salvación real comenzó desde el bautismo que Jesús recibió de Juan.

¿Quién era Elías? Él fue uno de los más grandes profetas de Israel quién volvió el corazón de Dios a Sus hijos y los corazones de los hijos a su Padre Dios (Malaquías 4:5-6). Jesucristo, el Cordero de Dios quién vino para llevar los pecados de nosotros la humanidad, aceptó los pecados del mundo al ser bautizado por Juan el Bautista, el representante de la humanidad, el Elías que había de venir, y un descendiente del Sumo Sacerdote del Antiguo Testamento. Mientras Juan el Bautista ponía sus manos sobre la cabeza de Jesús, todos pecados de nosotros la humanidad fueron pasados sobre el cuerpo de Jesucristo de una vez por todas.

En otras palabras, el Sumo Sacerdote del Cielo y el representante de la tierra sé encontraron y dieron el sacrificio eterno por el pecado que borraría los pecados de la humanidad. Sé debe a que Jesús el Sumo Sacerdote celestial fue bautizado por Juan el representante de la humanidad que todas las profecías y todas las demandas del Antiguo Testamento fueron cumplidas. Es por ello que aquí Jesús dijo, “todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan.”

También, menciona en Mateo 11:14, “Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir,” Jesús Mismo sé refirió a Juan como Elías. Este pasaje ciertamente fue profetizado en el Antiguo Testamento. Si vanos a Malaquías 4:5-6, veremos esto claramente:

“He aquí, yo os envío el profeta Elías,
antes que venga el día de Jehová, grande y terrible.
Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos,
y el corazón de los hijos hacia los padres,
no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición.” 

Dios prometió enviarnos a Elías, y este Elías a quién Él prometió enviar no es otro que Juan el Bautista.

Elías, uno de los grandes profetas del Antiguo Testamento, fue el profeta que volvió a toda la gente de Israel de regreso a Dios. Este Elías fue un hombre que vivió en el siglo IX AC. Más de 800 años pasaron cuando Jesús dijo eso. ¿Cómo, entonces, enviaría Dios este Elías? Esta promesa fue que Dios enviaría a alguien que haría el papel de Elías. Por lo tanto, aquí el pasaje estaba profetizando acerca de Juan el Bautista.

Por bautizar a Jesús, Juan el Bautista volvió los corazones de toda la humanidad de regreso a Dios. En Mateo 11:11-12, Jesús Mismo dio también testimonio de Juan el Bautista, “De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.”

¿Que significa este pasaje? Significa que Dios prometió borrar por siempre los pecados de todos, y que de acuerdo a esta promesa, Él aceptó, como Sumo Sacerdote celestial, todos los pecados de toda la gente a través del Sumo Sacerdote terrenal. Y proclama que quien sea que crea en el bautismo de Jesús ahora puede atrevidamente entrar al Cielo por su fe.

Ya que no era posible remitir por siempre todos nuestros pecados de una vez por todas con la sangre de corderos y toros del Antiguo Testamento, se necesitaba otro sacrificio. Sin embargo en esta tierra, no existía tal ofrenda para el sacrificio sin defecto que pudiera completa y eternamente borrar todos nuestros pecados; Por lo tanto, el Hijo de Dios sin pecado, Jesucristo, tuvo que venir a esta tierra y ofrecerse a Sí Mismo en esta en esta ofrenda del sacrificio. Así que Jesucristo vino a esta tierra para ofrecer la ofrenda eterna por el pecado de Su pueblo, también debió existir un representante de la humanidad, el Sumo Sacerdote quién pasaría sus pecados sobre Él, el Cordero de Dios. Es por ello que tuvo que existir Juan el Bautista, un descendiente de Aarón, a quién Dios tuvo que preparar para este propósito.

Solo Aarón y sus descendientes, quienes fueron los Sumos Sacerdotes del Antiguo Testamento, estaban calificados para ofrecer el sacrificio del Día de la Expiación. Como tal, Dios no podía tomar a cualquiera como el Sumo Sacerdote terrenal. Así que Dios preparó de la casa del Sumo Sacerdote a este representante de la humanidad, esto es, de los descendientes de Aarón. Este representante fue Juan el Bautista quién nació de Sacarías y Elisabet seis meses antes de que naciera Jesús. Ambos padres de Juan, Zacarías y Elisabet, también eran descendientes de Aarón.

Por lo tanto, Juan el Bautista cuyos padres eran descendientes de Aarón, pudo llevar a cabo su sacerdocio como el Sumo Sacerdote puesto por Dios, y él fue el representante de la humanidad quién verdaderamente estaba calificado para pasar todos sus pecados a Jesús. Debido a que Juan el Bautista, el Elías que habría de venir, quién volvería los corazones de los hijos a los padres, era el Sumo Sacerdote terrenal a quién Dios preparó, él bautizó a Jesucristo, quién llegó a ser la ofrenda del sacrificio, en la forma de la imposición de manos del Antiguo Testamento.

Juan el Bautista bautizó a Jesús imponiendo sus manos sobre Su cabeza. Jesús tenía 30 años en ese tiempo. Los descendientes de Aarón empezaban su sacerdocio a la edad de 30 (Números 4:3). Mientras Juan el Bautista bautizaba a Jesús, todos los pecados de la humanidad eran pasados a Él. Por lo tanto, ya no necesitamos más sacrificios para borrar nuestros pecados (Hebreos 10:18). Juan el Bautista fue él último Sumo Sacerdote del Antiguo Testamento.

Dios envió a Juan el Bautista, el Elías que habría de venir, y seis meses después, también envió a Su Hijo Jesús como la ofrenda sin pecado y sin mancha por la humanidad. Al hacer que Juan bautizara a Jesús y haciendo que Jesús recibiera este bautismo de Juan, Dios pasó todos nuestros pecados sobre Jesús. Al hacer eso, la providencia y las promesas de Dios fueron cumplidas totalmente. Juan el Bautista, el Sumo Sacerdote terrenal, impuso sus manos sobre la cabeza de Jesús, nuestra propia ofrenda por el pecado. Y al recibir esta imposición de manos, Jesús entró en el agua y entonces resurgió. Jesús recibió el bautismo que cumplió toda la justicia de Dios.

El sumergimiento de Jesús en el agua implica Su muerte. Y Él que haya salido del agua simboliza Su resurrección. Y la imposición de las manos que Jesús recibió de Juan nos dice que Él aceptó todos nuestros pecados.

Ese bautismo de Jesús está escrito en Mateo 3:13-17 y fue para aceptar los pecados del mundo. Para tomar nuestros pecados, Jesucristo buscó ser bautizado por Juan el Bautista en el Río Jordán, en donde Juan estaba bautizando a los Israelitas para el arrepentimiento. Al principio, Juan protestó, diciendo, “Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” Juan el Bautista trató de evitar que Jesús se bautizara debido a que él sabia que mientras solamente era el Sumo Sacerdote de esta tierra, Jesucristo era el Sumo Sacerdote del Cielo, y él no podía consigo mismo, como un simple hombre, atreverse a imponer sus manos en la propia cabeza de Dios. Pero Jesús tuvo la capacidad de ordenarle con autoridad, “Deja ahora.”

¿Porque el Sumo Sacerdote del Cielo vino a esta tierra? Él vino a esta tierra para salvarnos por siempre de nuestros pecados de una vez por todas, no por ofrecer la sangre de toros o de chivos, sino ofreciendo Su propio cuerpo (Hebreos 9:12). Al recibir Su bautismo de Juan, Jesús aceptó todos nuestros pecados del mundo sobre Su cuerpo, y por ofrecer este cuerpo Suyo a Dios Padre, Él nos ha salvado de todos nuestros pecados. De esta manera, Jesús aceptó todos nuestros pecados al ser bautizado, al ofrecer Su cuerpo a Dios Padre al ser crucificado, y por consiguiente sé convirtió en nuestra propia ofrenda para la expiación de todos nuestros pecados, así nos salvó a todos.

Entonces, Jesús dijo firmemente a este titubeante Juan, “Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia.” Entonces Juan el Bautista sé dio cuenta de la voluntad de Jesús y le obedeció. Finalmente, él impuso sus manos sobre la cabeza del Mesías, y este fue el momento en que la voluntad de Dios fue cumplida apropiadamente. Así, la Biblia afirma, “Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:16-17).

La palabra “bautismo” significa ser lavado, ser sumergido bajo agua y ser enterrado. Cuando el pecado es pasado, aquel que aceptó este pecado debe morir. Así que él que pasa el pecado es lavado, y ya que él que aceptó este pecado debe morir por ello, debe ser sepultado –es, en otras palabras, como el símbolo de esta muerte por lo que Jesús entró al agua. Juan el Bautista, el representante de la humanidad, el Elías que había de venir y el Sumo Sacerdote, bautizó a Jesús y por consiguiente pasó los pecados del mundo a Jesucristo, el Salvador que vino a esta tierra para salvar perfectamente a todos del pecado.

El significado espiritual del bautismo es pasar el pecado. ¿Cuál, entonces, es el significado espiritual de la imposición de manos? La imposición de manos también significa pasar el pecado, o transferir el pecado. Por lo tanto, esta imposición de manos del Antiguo Testamento y el bautismo del Nuevo Testamento son lo mismo. Como tal, al poner sus manos sobre la cabeza de Jesús, Juan el Bautista lo bautizó a Él para pasar todos los pecados del mundo.

El que Jesús tomara todos nuestros pecados al ser bautizado fue lo apropiado para cumplir toda la justicia de Dios. ¿Cuál es el significado de la frase ‘porque así’ en el pasaje “Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia?” La palabra ‘porque así’ es ‘hutos’ en Griego, que significa, ‘solo de esta manera,’ ‘lo más apropiado,’ o ‘no existe otra forma aparte de esto.’ Esta palabra muestra que irreversiblemente Jesús tomó los pecados de la humanidad sobre Sí Mismo a través del bautismo que Él recibió de Juan. En otras palabras, nada más era apropiado para cumplir toda la justicia de Dios y de esta manera hacer que Él tomara los pecados de nosotros la humanidad.

Escrito está, “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Al enviar a Su Hijo Jesucristo a esta tierra, Dios Padre hizo de esta manera que Él recibiera el bautismo del representante de la humanidad. Sé debe a que Jesús aceptó todos nuestros pecados al ser bautizado por lo que Él pudo cargar los pecados del mundo y morir sobre la Cruz. De esta manera, Jesús fue el sacrificio de nuestra eterna ofrenda del pecado quién totalmente nos ha salvado al ser bautizado y al morir sobre la Cruz. Esta fue la providencia de Dios.

Esto por ello que Jesús dijo en Juan 3:5, “El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.” Sé debe a que Jesucristo aceptó todos nuestros pecados al ser bautizado por lo que Él fue crucificado y derramó Su sangre en lugar nuestro. Al día siguiente del bautismo de Jesús, Juan el Bautista personalmente dio testimonio de Jesús diciendo, “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Y Jesús, al cargar los pecados del mundo hasta la Cruz y siendo crucificado, nos ha salvado de ellos.

Mis queridos compañeros Cristiano, tú y yo debemos creer en este evangelio del agua y el espíritu. Jesucristo aceptó todos nuestros pecados a través de Su bautismo, fue crucificado a muerte en lugar nuestro, sé levantó de entre los muertos en tres días, y vive en este momento en la eternidad. Tú, también, ahora debes creer en Jesucristo como tú Dios y tú Salvador.

Al aceptar todos nuestros pecados a través de Su bautismo y al morir sobre la Cruz, Jesús ha cumplido completamente la ley que declara que la paga del pecado es muerte. De esta manera, nuestro Señor nos ha salvado a ti y a mí de todos nuestros pecados. Es por ello que Dios Padre abrió las puertas del Cielo cuando Su Hijo fue bautizado. La Biblia dice que cuando Jesús fue bautizado y salió del agua, las puertas del Cielo fueron abiertas: “Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:16-17).

Dios sé agradó con el bautismo de Jesús. Nuestro Padre Dios completó la salvación a través de Su Hijo. Tomando a Su propio Hijo como la ofrenda del sacrificio por nuestros pecados, hizo que Él llevara todos nuestros pecados y nuestra condenación, y de esta manera salvó a toda la humanidad. Para salvar a la humanidad de todos sus pecados exactamente de acuerdo a como Él lo prometió en el Antiguo Testamento, Dios Padre ha cumplido Su justicia exactamente de acuerdo al modo en que Él lo prometió.

En el pasaje de la Escritura de hoy, el Apóstol Juan dice, “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Juan 2:1-2).

Tenemos que reconocer que Juan está hablando del evangelio del agua y el Espíritu con este pasaje. En otras palabras, Jesús ha borrado todos los pecados del mundo. ¿Quién se convirtió en la propiciación por el mundo entero? Jesucristo es el Señor quién, para borrar los pecados del mundo, fue bautizado por Juan el Bautista, y de esta manera tomó todos los pecados del mundo entero y los ha lavado de una vez por todas. Por lo tanto, lo que el Apóstol Juan está diciendo aquí, no es que somos perdonados por nuestros pecados sobre una base diaria cada vez que pecamos en este mundo y siempre que ofrecemos oraciones de arrepentimiento, sino que Jesucristo ha remitido todos nuestros pecados de una vez por todas todo a través del evangelio del agua y el Espíritu.


¿Quién es nuestro Abogado?
Solo Jesucristo quién nos ha liberado de los pecados del mundo es nuestro Abogado.

El pasaje nos está diciendo, en otras palabras, que si alguien en este mundo peca, tenemos a Jesucristo como nuestro Abogado ante el Padre. El “Abogado” aquí se refiere a nuestro Señor, implicando que Jesucristo habla al Padre en nuestra defensa en lo que se refiere a nuestros pecados. Jesucristo es el Salvador que perfectamente nos ha salvado de todos los pecados del mundo. Es por ello que, cuando cualquier creyente en el evangelio del agua y el Espíritu, Jesucristo quién se ha convertido en nuestro Salvador habla a Dios Padre y aún a nosotros en nuestra defensa, diciendo, “Para borrar todos sus pecados, Yo fui bautizado por Juan el Bautista. Por lo tanto, él no es culpable, Padre, ya que él cree en el evangelio del agua y el Espíritu... Tú, mi hijo, no tengas miedo de los pecados que has cometido en estos días. ¿Acaso no sabes que todos estos pecados también fueron lavados a través de Mi bautismo y derramamiento de sangre sobre la Cruz? Solo admite y confiesa ante Dios, y ten confianza en el evangelio del agua y el Espíritu y medita en el nuevamente.”


¿Que es verdadera confesión?
Es confesar nuestros pecados diarios colocando nuestra fe en el evangelio del agua y el Espíritu.

Este pasaje nos dice que después de creer en la Palabra del evangelio del agua y el Espíritu si cometemos pecados nuevamente ante Dios, entonces necesitamos confesar estos pecados a Jesucristo y creer que el Señor tomó aún estos pecados. De lo que tenemos que darnos cuenta claramente aquí es que no se debe a nuestra obra de confesión por si misma por lo que nuestros pecados son borrados. Más bien, se debe a que nuestro Señor vino a esta tierra y fue bautizado por Juan el Bautista, y Él ya ha tomado todos los pecados del mundo a través del bautismo que Él recibió por lo que estas transgresiones personales de nosotros son resueltas por nuestra fe. Es porque cuando nuestro Señor vino a esta tierra y fue bautizado por Juan el Bautista, Él ya había tomado todos los pecados del mundo de una vez por todas. Y porque Él ya soportó la condenación de nuestros pecados sobre la Cruz, todo lo que tenemos que hacer es confesarlos creyendo en el evangelio del agua y el Espíritu.

Como tal, creyendo que nuestro Señor tomó todos los pecados que hemos cometido y que cometeremos a través de toda nuestra vida sobre esta tierra, somos salvos de todos nuestros pecados y liberados de nuestra culpa. Lo que el Apóstol Juan nos está diciendo aquí es que él desea que nosotros, en Jesucristo, nunca más estemos atados por el pecado nuevamente. Es por ello que Jesucristo Mismo se convirtió en la propiciación por nuestros pecados ante Dios Padre.

El Apóstol Juan, en otras palabras, nos está exhortando para que vivamos en el perfecto evangelio y vivamos una vida perfecta por fe. Solo entonces, podremos verdaderamente vivir la vida real de fe. Es cuando conocemos esta Verdad por lo que podemos lavar todos nuestros pecados únicamente en el Señor, y que nunca más estaremos atados por nuestras debilidades y podremos ser colaboradores de Dios. En otras palabras, creyendo en el evangelio del agua y el Espíritu, ya no estamos bajo condenación, y esto es lo que hace posible que nosotros hagamos la verdadera confesión de fe que nos permite llamar a Jesucristo el verdadero Salvador. ¿Porqué? Porque creyendo en el verdadero evangelio en nuestro corazón, ahora todos nosotros podemos acercarnos atrevidamente ante el Santo Dios.

Aquellos que creen en el evangelio del agua y el Espíritu, el evangelio verdadero que nuestro Señor nos ha dado, han sido liberados de todos los pecados que han cometido de una vez por todas por fe. Es solo creyendo en este perfecto evangelio que hemos sido perfectamente salvos de todos estos pecados que cometemos durante todo el tiempo de nuestras vidas. El verdadero evangelio que nos ha traído nuestra salvación de todos los pecados del mundo es que cuando nuestro Señor vino a esta tierra y fue bautizado, Él ya tomó los pecados del mundo sobre Su propio cuerpo. Fe en esta Verdad es creer que el Señor nos ha salvado de todos nuestros pecados de una vez por todas. Solo creyendo en el evangelio del agua y el Espíritu por lo que podemos ser salvos.

Sin embargo, todos nosotros continuamos pecando de nuevo mientras continuamos viviendo en este mundo. Esto se debe a que todos tenemos carne, y es por lo tanto siempre insuficiente. Sin embargo, no podemos convertirnos en pecadores de nuevo. Se debe a que Jesucristo, quién ha borrado todos nuestros pecados sé ha convertido en nuestro Abogado, y aún continua de nuestra parte por lo que aquellos que creen en el evangelio del agua y el Espíritu siempre permanecerán completos.


¿Continuamos pecando mientras vivimos en este mundo?
Sí, pero nuestro Señor también ha borrado tales pecados.

Mis compañeros Cristianos, ¿continuamos o no continuamos pecando mientras vivimos en este mundo? –Claro que sí– Ciertamente continuamos pecando hasta el mismo día en que morimos. Si este es el caso, entonces ¿no es verdad que estos pecados que cometemos durante todo el tiempo de nuestras vidas pertenecen todos a los pecados del mundo? Todos ellos pertenecen a los pecados del mundo. Pero, ¿acaso Jesucristo no tomó todos estos pecados del mundo de una vez por todas al ser bautizado por Juan el Bautista? Ciertamente Él los tomó todos.

¿Y cargo o no cargó Él estos pecados del mundo y murió por nosotros sobre la Cruz? Claro que sí. ¿Y acaso Jesucristo luego no sé levantó de entre los muertos, y no sé ha convertido en nuestro verdadero Salvador? Ciertamente Él ha llegado a ser nuestro verdadero Salvador. Nuestro Señor vive ahora, y Él ha llegado a ser el Salvador de todos aquellos que creen en el evangelio del agua y el Espíritu. Tenemos que saber claramente y creer en este evangelio verdadero. A menos que hagamos eso, nunca podremos ser libres de nuestros pecados, aún si profesamos creer en Jesús.


¿Que debemos admitir ante Dios?
Debemos admitir que pecamos todo el tiempo, y que todos nuestros pecados han sido remitidos únicamente a través del evangelio del Agua y el Espíritu.

Si no admitimos que estamos destinados a continuar pecando sobre esta tierra hasta el día en que morimos, simplemente es imposible para nosotros aún creer en el Señor. ¿Cómo alguien que no es un pecador tiene necesidad de creer en Jesucristo como el Salvador? Escrito está, “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos” (Mateo 9:12). ¿Puede alguien decir que aunque anteriormente pecó contra Dios y contra el hombre, que nunca pecara de nuevo? ¿Si nosotros mismos estamos confiados de que nunca pecaremos de nuevo y si ciertamente somos tan perfectos como para no pecar, entonces que necesidad hay de que creamos en Jesús como nuestro Salvador?

Si alguien no sabe que Jesús tomó todos los pecados del mundo, e ignora le Verdad de que Jesús cumplió toda la justicia de Dios al tomar todos los pecados a través de Juan el Bautista cuando Él fue bautizado, ¿puede esta persona ser salvo de sus pecados solamente creyendo de algún modo en este Señor? ¿Quién se atreve a decir que es lo suficientemente fuerte como para nunca más pecar?

Mis compañeros santos, a través del bautismo que Jesús recibió de Juan el Bautista, Él tomó todos los pecados que tú y yo cometemos a través de toda nuestra vida. Es por ello que debemos creer en este Jesús, quién quitó todos los pecados de todo nuestro tiempo de vida a través de Su bautismo, como nuestro Salvador, y solo cuando creemos de esta manera podemos llegar a estar sin pecado. Antes de creer en el Señor como nuestro Salvador, primero debemos admitir que somos las semillas de la trasgresión, y que estamos destinados a continuar pecando durante todo nuestro tiempo de vida hasta el día en que morimos. Solo aquellos que reconocen su naturaleza pecaminosa ante Dios, pueden tener la fe correcta, y solo ellos pueden creer en el verdadero evangelio del agua y el Espíritu.

Es extremadamente importante que nosotros admitamos ante Dios que estamos destinados a pecar hasta el día en que morimos. Siempre que pecamos en este mundo, ya sea por nuestras debilidades o por cualquier otra razón, debemos admitir que pecamos, y también debemos reconocer que Jesús tomó todos estos pecados de una vez por todas al ser bautizado por Juan el Bautista, y que todos nuestros pecados ciertamente fueron pasados sobre Él –solo entonces podremos tener la fe verdadera. Es cuando tenemos tal fe que nos alejamos de todos nuestros pecados y de toda la condenación del pecado, y en vez de eso llegamos a estar realmente cercanos al Señor. Es en el evangelio del agua y el Espíritu por lo que podemos llegar a estar verdaderamente limpios y separarnos de las tinieblas.

En lugar de tratar de esconder nuestros pecados de Dios mientras vivimos nuestras vidas de fe ante Él, debemos venir ante Su resplandeciente luz de la Verdad y confesar, “Señor, soy tan tremendo pecador. Soy destinado a pecar hasta el día en que muera, pero yo creo que Jesús vino a esta tierra para salvarme de mis pecados, y que Él aceptó todos los pecados de este mundo al ser bautizado por Juan el Bautista.” Creyendo en la Verdad del evangelio del agua y el Espíritu y confesando nuestros pecados, llegamos a estar cerca de Dios en Su luz de la Verdad, ya que el Señor tomó todos nuestros pecados de una vez por todas a través del agua y el Espíritu. Al igual que la ofrenda del sacrificio del Antiguo Testamento aceptaba los pecados de los Israelitas con la imposición de manos, nuestro Señor aceptó todos los pecados del mundo a través de Juan el Bautista.

El que nosotros creamos esto, lo que el Señor ha hecho por nosotros es verdaderamente la fe correcta. Si nuestra fe no es de este modo, sino que en vez de eso escondemos de Dios los pecados que cometemos en este mundo y tratamos de expiar nuestros pecados tratando de hacer algo bueno y virtuoso, lejos de ser redimidos, solo terminaremos cayendo profundamente en el abismo de un pecado aún mayor. Cuando esto ocurre, nuestro corazón sé oscurecerá por nuestros pecados, y llegaremos a estar tan avergonzados que no seremos capaces de ver a nadie.

Sin fe en el evangelio del agua y el Espíritu, no podemos clamar en el nombre de Dios, ni podremos discernir lo bueno de lo malo, ya que nuestro razonamiento, y percepción estará nublado. Esto es lo que Satanás desea que nos pase. Para aquellos que no creen en el evangelio del agua y el Espíritu, y que por lo tanto no solo no pasan sus pecados a Jesús, sino que tratan de esconderse de Dios, la gran ira de Dios les seguirá.


¿Porque debemos confesar los pecados que cometemos?
Es habitar en la luz de la Verdad de Dios, esto es, el evangelio del agua y el Espíritu.

Debemos confesar ante Dios que nuestras semillas son de tal modo que simplemente no podemos evitar seguir pecando, y también debemos creer que al ser bautizado, nuestro Señor tomó todos estos pecados que cometemos en este mundo hasta el día en que morimos. Debemos creer que nuestro Señor así cargó los pecados del mundo, los cargó hasta la Cruz, y llevó toda la condenación del pecado al derramar Su sangre sobre ella. Es por creer de esta manera en la Verdad del evangelio del agua y el Espíritu por lo que Jesús sé convierte por siempre en el Salvador de los creyentes. Es creyendo en el evangelio del agua y el Espíritu por lo que somos lavados de todos nuestros pecados, y es por esta fe que nos convertimos en el propio pueblo de Dios.

Es creyendo en el evangelio del agua y el Espíritu qué llegamos a convertirnos en aquellos que son verdaderamente sin pecado, cuyos corazones son tan blancos como la nieve. Es cuando nuestro corazón es tan ligero como una pluma, capaces de servir a nuestro Santo Dios como Sus obreros y lo alabamos a Él. Mis queridos compañeros Cristianos, nada más que esto es el poder del evangelio del agua y el Espíritu.

El tan llamado “evangelio de la Cruz” en el que la gente de este mundo cree posible que somos santificados por nuestros propios esfuerzos cotidianos por no pecar, pero nunca podemos limpiar nuestros corazones tanto como la nieve creyendo de este modo. A menos que creamos en el evangelio del agua y el Espíritu, nuestros corazones nunca podrán ser ligeros como plumas. No podemos evitar pecar en este mundo, y ciertamente pecamos todo el tiempo, pero cuando creemos que nuestro Señor tomó todos nuestros pecados al ser bautizado, llevar toda la condenación de nuestros pecados al derramar Su sangre sobre la Cruz, y por consiguiente nos salvó a ti y a mí de todos nuestros pecados, así podemos llegar a convertirnos en los hijos de Dios solamente por fe.


¿Conoce la mayoría su naturaleza fundamental ante Dios para vivir sus vidas de fe correctamente?
Sí, ya que cualquiera que no sé conoce a sí mismo ante Dios no puede creer en el evangelio del agua y el Espíritu.

La Biblia describe a los fariseos como hipócritas. Siempre que veían a alguien ligeramente impuro, jalaban sus mangas para cubrir sus ojos, para evitar ser contaminados por lo que sus ojos veían. Pero de hecho, ellos, también, estaban sucios ante Dios. Eran la clase de gente ignorante de sí mismos solo deseaba apedrear a otros a muerte, invocando la Ley constantemente. Esto no es otra cosa que el triste cuadro de los Cristianos mundanos de la actualidad y de los siervos de Satanás.

Aquellos que no se conocen a sí mismos deberían aprender primeramente de Sócrates. ¿Qué nos dijo? Él dijo, “Conócete a ti mismo.” Que refrán tan sabio es este. Han existido muchos filósofos en este mundo, pero nadie dejó un comentario tan famoso como este. Sócrates dijo algo que fue digno de un gran filosofo. Muchos de los filósofos contemporáneos solo se jactaban de su propia filosofía, hablando del ascetismo o del hedonismo, y diciéndole a todos como vivir. Pero Sócrates no se molestaba con ellos y simplemente dijo, “Conócete a ti mismo. Antes de decir algo, primero date cuenta de quien eres realmente, cuando tu mismo tienes tantas limitaciones, ¿que te califica para comentar si los demás han hecho bien o mal?”

La Biblia también comenta sobre esto. Jesús dijo, “¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Mateo 7:5). Esto, mis compañeros Cristianos, es la razón por la que debemos ser claros acerca de quienes somos realmente, y que somos seres pecadores. Necesitas darte cuenta que nuestro Señor sé ha convertido en el verdadero Salvador de los pecadores, y necesitas reconocer que creyendo en el evangelio del agua y el Espíritu, sus corazones deben ser tan ligeros como plumas.

Debes reconocer el hecho que cometes innumerables pecados mientras vives en esta tierra, y debes confesar tus pecados diarios a Dios poniendo tu fe en el evangelio del agua y el Espíritu. Y también debes reconocer que tus pecados ya no están en tu corazón, porque crees que nuestro Señor tomó todos nuestros pecados al ser bautizado. Es por creer que Jesús llevó toda la condenación de tus pecados por lo que tu corazón se vuelve tan ligero como pluma.

Nuestros corazones son de aquellos que, creyendo en la Verdad del evangelio del agua y el Espíritu, han reconocido todos sus pecados y los han pasado a Jesús. Es el mismo corazón de alguien que pasó sus pecados sobre Jesucristo creyendo que sus pecados ciertamente fueron pasados sobre Él a través de Juan el Bautista –nada más que esto es el corazón que es ligero como pluma. ¿Crees esto? ¿Crees que Jesucristo tomó los pecados del mundo? ¿Crees que Él ha llegado a ser la propiciación por nuestro pecado? ¿Crees que Jesucristo es nuestro Ayudador? ¿Crees que Él es el Señor que ha borrado todos nuestros pecados?

Siempre que tropezamos debido a nuestras debilidades, y siempre que nos quedamos cortos, nuestro Señor viene a nosotros y nos dice, “Yo también quité esos pecados. Yo soy tú Salvador, yo llevé todos tus pecados. Ustedes son Mi pueblo, y ustedes son Mis hijos.” Así que es por fe por lo que hemos llegado a ser Sus hijos. ¡Yo doy gracias a nuestro Dios por esta abundancia de gracia!

El Apóstol Juan dijo, “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.” Compañeros creyentes, existe mucha gente igual a los Fariseos que vive en total contradicción con este pasaje. Tal gente cree que ellos mismos son altamente virtuosos y honestos.

Probablemente te has topado con algunos reportes investigativos en la televisión que descubre algunos hechos no éticos y sin escrúpulos cometidos por alguna persona. Viéndolos, muchos televidentes sé sienten muy indignados y molestos con ellos. Pero el hecho es que ante Dios, no puede existir ninguna duda que somos igual que esta gente. Ambos, los periodistas que descubren estas historias y los ladrones que son expuestos por los periodistas son iguales ante Dios, en que son los mismos seres humanos que igualmente pecan una y otra vez.

Sin embargo existe alguna gente que entretiene pensamientos más bien extraños; es decir, existe gente que cree que ellos no son para nada como estos ladrones. Nadie más que esta gente es la que está mentalmente enferma. “Yo no soy como estos ladrones.” Aquellos que insisten de esta manera están tan enfermos mentalmente que su enfermedad ha llegado más allá de la fase de tratamiento y no pueden ser curados por los psiquiatras del mundo. La mayoría de las enfermedades mentales son tratables, pero existen muchos pacientes mentalmente enfermos que han agotado todas sus opciones de tratamiento y quedan más allá de los límites de ciencia medica moderna.

¿Recuerdan el infame escándalo que conmovió a Washington hace unos pocos años? El Presidente Clinton fue puesto en juicio por el llamado “Zippergate.” Kenneth Starr, el fiscal especial asignado con la tarea de probar la conducta errónea del Presidente Cilnton, lo persiguió de una manera implacable. ¿Pero, era Clinton la única persona que era sexualmente inmoral y lujuriosa? Me gustaría decirle a Starr y al público Americano, “¿Son ustedes mejores que Clinton? ¡Conózcanse a sí mismos!”

La Biblia dice, “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:23-24). Aquí se dice que se debe a que nuestro Señor que todos nosotros hemos sido salvados.

Ustedes nunca deberán tener los ojos de los Fariseos. Nunca deben tener sus corazones. Queridos santos, ¿puede alguien condenar o juzgar a alguien más? Nadie puede hacer esto. Ningún hombre puede juzgar a otro ser humano. ¿Recuerdas la historia de la mujer adultera hallada en el acto? Los fariseos y los escribas deseban apedrearla a muerte, pero ¿qué dijo Jesús? Él les dijo a ellos, “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (Juan 8:7).

La clase de gente a quién Jesús consideraba más repulsiva, sucia, y deshonrosa era ni más ni menos que los Fariseos y los Escribas. Existe un incontable número de personas así en este mundo. Todos los religiosos de este mundo son así como estos Fariseos y Escribas. En su hipocresía, los religiosos de este mundo afirman ser santos en el exterior, pero por dentro están podridos hasta los huesos. Cuando vemos lo que realmente hay dentro de estos religiosos mundanos, fácilmente podemos ver que todos ellos son corruptos. Es por ello que Jesucristo vino a esta tierra para salvar a tales pecadores de sus pecados, y para hacer eso, Él tuvo que ser bautizado para tomar todos los pecados de la humanidad.

Compañeros creyentes, todos y cada uno de todos nuestros pecados fueron pasados sobre Jesús de una vez por todas. Y al cargar estos pecados del mundo a la Cruz y al morir sobre ella, Jesús ha salvado a aquellos de nosotros que creemos en Él. Por lo tanto, es creyendo en la Palabra de Dios por lo que uno puede ser perfectamente salvado. Como afirma la Biblia, “Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:10).

Entonces, ¿qué debemos reconocer y cree? Debemos darnos cuenta que somos seres indignos que estamos destinados a pecar hasta el día en que morimos, y debemos creer en el evangelio del agua y el Espíritu. Y para tener esa fe consistentemente, debemos confesar todos los pecados que cometemos. Debemos confesarlos de la siguiente manera: “Señor, yo cometo pecados cada día. No pasa un solo día en que no cometa pecado, ya que cada día, termino cometiendo toda clase de iniquidades. Pero Tú, mi Señor, también tomaste todos estos pecados.” Debemos confesarnos nosotros mismos como realmente somos, y debemos creer en el evangelio del agua y el Espíritu. A menos que hagamos eso, nunca podremos ser salvos de nuestros pecados. Para todos nosotros, en otras palabras, no podemos ser salvos de nuestros pecados a menos que creamos en el evangelio del agua y el Espíritu.

En 1 Juan 2:3-11, el Apóstol Juan lo dice ampliamente, “Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo. Hermanos, no os escribo mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que habéis tenido desde el principio; este mandamiento antiguo es la palabra que habéis oído desde el principio. Sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo, que es verdadero en él y en vosotros, porque las tinieblas van pasando, y la luz verdadera ya alumbra. El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas. El que ama a su hermano, permanece en la luz, y en él no hay tropiezo. Pero el que aborrece a su hermano está en tinieblas, y anda en tinieblas, y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos.”

El punto clave que sintetiza este pasaje es esto: “Él que guarda Sus mandamientos sabe que habita en Dios. Pero él que nos los guarda habita en tinieblas.” El que nosotros vivamos de acuerdo a los mandamientos de Dios es amar a Dios y amar a nuestros semejantes. Puesto en una sola pregunta, el tema aquí es si nos amamos en justicia los unos a los otros, en otras palabras, lo que esta en juego es si los justos se odian unos a otros y están celosos los unos de los otros, o si se aman los unos a los otros; si saben o no que ciertamente han llegado a ser el pueblo propio de Dios; si saben que han sido revestidos en la misma gracia de Jesucristo y dan el mismo reconocimiento a los demás, y si se aman o no los unos a los otros. Aquí se dice que aquel que no ama habita en tinieblas, y que el que habita en tinieblas ha sido cegado por este pecado.

El Apóstol Juan también habla del nuevo y del viejo mandamiento, diciendo, “este mandamiento antiguo es la palabra que habéis oído desde el principio. Sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo.” Ya sea antiguo o nuevo, todos los mandamientos se resumen en el amor. Al igual que la Ley del Antiguo Testamento nos ordenó amar a Dios y amar a nuestros semejantes como a nuestro propio cuerpo, así que el nuevo mandamiento está centrado sobre el amor, sobre lo que Jesús nos dijo-“Ámense los unos a los oros, como Yo los he amado a ustedes.” Aquellos que no aman, sin importar la razón, están pecando en contra de Dios, y ellos de ninguna manera están viviendo sus vidas de acuerdo a Su voluntad. Expresamente son arrogantes, parados ante Dios como si fueran jueces. Tal gente es muy malvada.

Compañeros creyentes, esta lección se aplica igualmente a todos nosotros, a todos los hermanos y hermanas en la fe, así como a los siervos de Dios, quienes están todos viviendo sus vidas de fe. Nada puede ser más contradictorio que creer que nosotros mismos estamos libres de problemas mientras que menospreciamos a los demás creyendo que son peores que nosotros, y observar cada limitación que los demás tienen cuando somos totalmente incapaces de ver nuestras propias limitaciones. Por lo tanto verdaderamente debemos amarnos los unos a los otros. Nuestros corazones verdaderamente deben interesarse los unos en los otros. Este amor no es solo para mostrarse en la superficie, sino que debemos apreciarnos unos a otros desde el fondo de nuestro corazón, dándonos cuenta que nuestros compañeros creyentes son de nuestra propia raza y somos el pueblo de Dios. Este corazón que se interesa debe ser nuestro. Cualquiera que no tenga este corazón amoroso esta en el camino equivocado. El convertir las debilidades de los demás para nuestro propio beneficio eso no es amor. Convertir las debilidades de los demás como si fueran nuestras propias debilidades es de lo que se trata el amor.

Para aquellos que encuentran gozo en las debilidades de otros y las convierten para su propio beneficio, esto significa que el amor ya los abandono. Ya no están habitando en la Palabra de nuestro Señor. Aunque hayan recibido la remisión de sus pecados, no están caminando en la Palabra. Dios no puede unirse con tal gente que usa las debilidades de los demás para su propio beneficio y se alegra en ello, y terminarán alejándose de todos los demás.

En Cristo, todos nosotros debemos llegar a ser uno solo, como la fina harina se convierte en una sola masa. Al igual que la harina puede convertirse en pan y en pasta solo cuando primero es amasada en una solo cuerpo, si permaneces alejado de todos por ti mismo, esto es igual a nada. Cada uno de nosotros parados aisladamente fácilmente es alejado al primer viento. Al igual que cada grano de trigo primero debe ser molido y la harina resultante debe ser amasada en una sola masa para convertirse en pan comible, es solo cuando nosotros los justos nos unimos juntos y llegamos a ser uno con Dios que llegamos a ser trabajadores dignos ante Él. Es por ello que todos nosotros debemos llegar a ser uno y a amarnos los unos a los otros.

Todos debemos recordar a nuestro Señor quién se ha convertido en nuestro Abogado.

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