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 Sermones sobre temas importantes por el Rev. Paul C. Jong

 

La curación de los leprosos espirituales


< Mateo 8:1-4 >
“Al bajar del monte, le siguió una gran muchedumbre, acercándosele un leproso, se postró ante Él, diciendo: ‘Señor, si quieres, puedes limpiarme’. El, extendiendo la mano, le tocó y dijo: ‘Quiero, sé limpio’. Y al instante quedó limpio de su lepra. Jesús le advirtió: ‘Mira, no lo digas a nadie, sino ve a mostrarte al sacerdote y ofrece la ofrenda que Moisés mandó, para que les sirva de testimonio.’”



Se dice que un leproso apenas siente ningún síntoma de lepra hasta que pasan tres años desde que el virus le infectó. Pero a partir del cuarto años, aparecen algunos síntomas objetivos despacio. Y pasan otros tres años hasta que no puede ocultar su infección, ya que los síntomas se revelan en su totalidad. Esta es el mecanismo de la lepra.

El pasaje de las Escrituras de hoy describe cómo Jesús curó a un leproso. El acontecimiento que se describe en este pasaje ocurrió realmente, y a través de él, Dios revela la naturaleza de nuestros pecados, y también nos dice que de verdad ha resuelto completamente este problema de nuestros pecados.

El leproso del pasaje de hoy no se escondió, sino que se presentó ante Jesús porque quería pedirle que el curase, ya que había deseado ansiosamente ser curado de su enfermedad. Este leproso tenía fe en que Jesús podía curar cualquier enfermedad, y que nadie más que Jesús podía curarle de su enfermedad y limpiarle. Jesús vio la fe de este leproso y cumplió su deseo, lo mismo que ocurrió más tarde con el centurión. Debemos tener en mente que lo que Jesús quería curar realmente no era la enfermedad física en sí misma, sino la enfermedad del pecado.

La lepra indica aquí que en nuestros corazones y en nuestros cuerpos hay pecados. Desde el mismo instante en que nacidos del seno de nuestras madres, todos nacimos con 12 enfermedades de pecado. Cuando no éramos más que unos bebes, no nos dábamos cuenta de que éramos tan malvados pecadores, pero una vez crecimos hasta cierta edad, nos dimos cuenta de quién éramos realmente, y no podíamos esconder la verdad para que Dios no la viera. Entonces, nos presentamos ante Jesús con fe y le dijimos: “Si Tú quieres, puedes limpiarme de todos mis pecados”. Así es como ustedes y yo hemos recibido la remisión de los pecados. Cuando tenemos esta fe en que Jesús puede curar todos nuestros pecados, podemos pedirle con seguridad que nos cure.

¿Curó Jesús a este leproso de una sola vez, o le costó más tiempo curarle? La Biblia dice que Jesús le curó de una sola vez. Por tanto, deben darse cuenta de que Jesús no les ha curado de sus pecados por pasos, sino que les ha curado de una sola vez a través de la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu.

Una mujer que sufría una hemorragia fue curada y el chorro de sangre se cortó de una vez cuando tocó con fe la vestimenta de Jesús (Marcos 5:25-34). Namán, el comandante del ejército de Siria, fue también curado de su lepra de una vez, cuando obedeció con fe la Palabra de Dios (2 Reyes 5:1-14); y el leproso en el pasaje de hoy también fue curado de una vez tan pronto como la mano de Jesús le tocó. Con solo tener fe en la Palabra de Dios, podemos llegar a creer en el poder de la salvación que ha hecho que todos los pecados de la humanidad desapareciesen; y con esta fe podemos recibir la remisión eterna de nuestros pecados de una vez por todas. La enfermedad del pecado de todos nosotros nunca se podría curar paso a paso, sino que se cura de una vez por todas con fe en Su Palabra.



La diferencia entre la fe de los religiosos y la de los que creen en el poder del verdadero Evangelio.

La diferencia entre los religiosos y la gente de verdadera fe es esta: los religiosos, por sus ignorancia de la verdad, creen equivocadamente que pueden ser salvados de sus pecados rezando oraciones de arrepentimiento todos los días, aún cuando vivan en pecado día tras día; pero por otra parte, los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu viven con las bendiciones de Dios como Sus propios hijos al ser absueltos de todo pecado de una vez por todas.

La Biblia declara abiertamente que todo el mundo solo puede ser salvado de sus pecados por la fe en Su Palabra. Si pudiéramos resolver por nuestra cuenta el problema del pecado, por medio de nuestra fuerza, nuestras obras, nuestras oraciones de arrepentimiento, y nuestras acciones virtuosas, no hubiera sido necesario que Jesús viniera a esta tierra. Y si pudiéramos resolver con tales esfuerzos el problema del pecado, nunca hubiéramos conocido a Jesús.

Nadie puede resolver el problema del pecado por su cuenta, por mucho que lo intente; la clave para encontrar la solución se encuentra en la fe en el Evangelio del agua y el Espíritu. Los humanos son seres que no pueden evitar cometer pecados por mucho que lo intenten, y por tanto deben creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Si uno se da cuenta de que las oraciones de arrepentimiento no pueden hacer desaparecer sus pecados, y que así no puede resolver por sí mismo el problema del pecado; si en vez de eso, se presenta ante Dios y confiesa que es un gran pecador ante Él; y si cree en el Evangelio del agua y el Espíritu, entonces no hay pecado que no pueda ser resuelto. Cuando los pecadores se presentan ante Jesús y piden Su misericordia, Jesús, sin duda, hará desaparecer todos sus pecados de una vez por todas a través del Evangelio del agua y el Espíritu, del mismo modo en que curó al leproso de una sola vez.

El Señor redime nuestros pecados dándonos el Evangelio del agua y el Espíritu, cuando nuestro verdadero yo nos revela por completo ante Dios como pecadores y cuando deseamos la salvación de Jesús. Deben darse cuenta que solo los que piden la misericordia de Dios, diciendo: “Señor, ten piedad de mí. Estoy condenado a ir al infierno por mis pecados”, pueden ser librados de todos sus pecados y convertirse en los hijos de Dios. Él conferirá la remisión eterna de los pecados que ha cumplido a través del Evangelio del agua y el Espíritu, a todos los pecadores cuando admitan sus verdadero yo y le pidan al Señor Su misericordia.

Romanos 3:10 dice: “No hay justo, ni siquiera uno”. En este pasaje, el Apóstol Pablo se refería a los que no han recibido todavía la remisión de sus pecados. Jesús vino a esta tierra para dejar a los pecadores sin pecado y hacerlos hijos de Dios. Pero desafortunadamente muchos cristianos son todavía los medio pecadores. Aunque en este mundo pueda haber una media remisión de los pecados o la gente medio justa, en el Reino de Dios no hay gente medio justa ni medio pecadora. ¿Quiénes son los medio pecadores? Son los que intentan ser perdonados por sus pecados rezando oraciones de arrepentimiento todos los días. Los pecados no se borran rezando estas oraciones de arrepentimiento, sino creyendo en la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu.

Jesús es quien ha curado completamente de sus enfermedades del pecado a la humanidad mediante la verdad del Evangelio del agua y el Espíritu. Jesús no hizo ninguna distinción entre el pecado original y los pecados personales cuando hablo del pecado, y no aprobó la fe de los que creen que, aunque Jesús les quitó su pecado original, deben ser perdonados por sus pecados personales a través de la penitencia. Los que creen esto están haciéndole daño a Dios, y serán destruidos porque vivirán el resto de sus vidas como pecadores.

Dios no acepta esta fe a medias. Si alguien cree en Jesús, entonces cree en Él al cien por cien; por otro lado, si no cree en Jesús, entonces no cree al cien por cien. En otras palabras, no existe una fe al 50%. ¿Qué es la llamada “doctrina de la justificación”? Es la creencia en poder ser considerados justos debido a la fe; es decir, creen que los cristianos pueden ser llamados justos a causa de su fe en Jesús aunque tengan sus pecados intactos. ¡Qué tontería! Nuestro Señor no cuenta a un hombre pecador como no pecados solo porque crea en Jesús. Cuando llegamos a conocer el Evangelio del agua y el Espíritu a través de las Escrituras, sabemos que la Biblia nos dice que una vez nuestro Señor nos quitó nuestros pecados y los borró por completo; todos los pecados de todo el mundo han desaparecido. Por tanto lo que ha limpiado nuestros pecados es el bautismo que Jesús recibió (1 Pedro 3:21).

Generalmente, muchos de los líderes cristianos de hoy dicen que Jesús quitó el pecado original, pero que debemos ser redimidos de nuestros pecados personales por separado, rezando oraciones de arrepentimiento. Sin embargo, la Biblia, no hace ninguna distinción entre Pecado y pecados; o lo que es lo mismo, los pecados original y personales. Ante Jesús, todos los pecados, tanto los grandes como los pequeños, ya sean originales o personales, se manifiestan de igual modo como “los pecados del mundo” (Juan 1:29).

Del mismo modo en que las aguas residuales, el agua del grifo y el agua que corre por un riachuelo son todas el mismo agua; todos los pecados son los mismos pecados del mundo. Como está escrito en la Biblia: “Dejadlos, son guías ciegos; si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en la hoya” (Mateo 15:14), como sus líderes no han nacido de nuevo, no saben cómo resolver el problema del pecado, y por eso creen en doctrinas sin fundamento que dicen que Dios les perdonará sus pecados cuando recen oración de arrepentimiento.



Todos deben creer en el poder del Evangelio del agua y el Espíritu

¿Cuál es entonces el verdadero arrepentimiento para la remisión de los pecados? Es dar la espalda a su conocimiento erróneo y creencias equivocadas y creer en lo correcto.

El Señor dice: “Pues prefiero la misericordia al sacrificio, y el conocimiento de Dios al holocausto” (Oseas 6:6). Nuestro Señor Jesús vino a esta tierra por su compasión por todas las almas que están destinadas al infierno por causa de sus pecados. La voluntad de Dios Padre era hacer que los pecadores quedaran sin pecados a través de Jesucristo, santificarlos, y así permitirles que formaran parte de Su Reino. Por eso nuestro Señor vino a la tierra y cumplió la voluntad del Padre a través del Evangelio del agua y el Espíritu.

Romanos 6:23 dice: “Pues la soldada del pecado es la muerte; pero el don de Dios es la vida eterna en nuestro señor Jesucristo”. Aunque nuestro Dios es el Dios del amor, no puede evitar mandar al infierno a los que tienen pecados, y Su amor es dar la remisión de los pecados a los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu, para que Él puede vivir con ellos en Su Reino para siempre. En otras palabras, Dios nos ha dado el don de la remisión de los pecados que nos ha dejado sin pecado.

Hoy en día, hay demasiados cristianos que creen en Jesús por su cuenta, se basan en sus propios pensamientos de la manera en la que ellos quieren. Imaginemos que alguien está ahora en presencia del Señor después de haber pasado toda su vida en devoción religiosa y piedad, ofreciendo diezmos fielmente, donando mucho dinero a su iglesia, asistiendo a reuniones de oración matutinas, y demás. Esta persona podría decir al Señor jubilosamente: “Señor, aquí estoy. ¡Este pecador de tantas iniquidades se presenta ahora ante Tu presencia!” ¿Qué le diría es Señor entonces?

En Mateo 7, Jesús dijo: “No todo el que dice: ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: ‘¡Señor, Señor!, ¿no profetizamos en tu nombre, y en nombre tuyo arrojamos los demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?’. Yo entonces les diré: ‘Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de iniquidad’”. Esto es lo que nuestro Señor le dirá. Nuestro Dios no es ni Padre ni Señor de los pecadores, sino que es el Padre de los justos y el Señor de los que han nacido de nuevo y recibido la remisión de los pecados. Aunque este hombre le diga al Señor: “¿Señor, no me conoces? He dedicado mi vida entera a testificar Tu nombre por Ti”, Dios solo le dirá: “¿Cómo te atreves a hacerte pasar por Mi hijo cuando tienes pecado? ¡Todo lo que te espera es el infierno, obrador de iniquidad!”.

Por tanto, lo que los pecadores deben hacer en primer lugar es creer en la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu y recibir la remisión de sus pecados mediante la fe. Esta es la fe más preciosa y hermosa. Los falsos líderes cristianos reúnen en sus iglesias a todo tipo de pecadores que no han recibido la remisión de sus pecados. Pero, ¿puede alguien llamarlos santos? ¿Cómo puede haber un santo “pecador”? Cualquiera que haya pecado no es un santo, sino un simple pecador. Uno puede ser llamado santo sin pecado solo cuando ha recibido la remisión de los pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu.

Está escrito en Oseas 4:6: “Perece mi pueblo por falta de conocimiento; por haber rechazado tú el conocimiento, te rechazaré yo a ti de mi sacerdocio; por haber olvidado tú la ley de tu Dios, yo me olvidaré también de tus hijos”.

El principio de todo conocimiento es conocer a Dios, y aún así mucha gente no puede dejar su conocimiento erróneo y engañoso y viven como hipócritas. Por eso nuestro Señor les dirá cuando venga el último día: “No os conozco”.

La única manera de que un pecador se quede sin pecado es que crea en la Palabra de la remisión de los pecados. Junto con nuestra fe en la deidad del Señor, debemos tener fe en la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu. Aunque mucha gente, en cambio, ha ignorado el poder del Evangelio del bautismo y la Cruz de Jesús, malgastando sus vidas en la vana búsqueda de la santificación gradual basada en la creencia errónea de que pueden ser limpiados de sus pecados gradualmente.

El cristianismo no es una religión en la que uno pueda alcanzar la salvación por sus propios esfuerzos y disciplina, como los budistas que hacen hincapié que uno debe tratar de ser un hombre de virtud y misericordia. El verdadero cristianismo es el que cree en la salvación por la gracia, del Evangelio del agua y el Espíritu, que nace desde arriba sin intervención de ningún esfuerzo humano; es decir, es la fe que cree en el amor de Dios que nos ha salvado de ahogarnos. Del mismo modo en que el leproso fue sanado inmediatamente de su enfermedad por el amor de nuestro Señor y el poder de Su verdad, nosotros también podemos ser salvados de los pecados de nuestros corazones tan pronto creamos en el poder del Evangelio del agua y el Espíritu y reconozcamos el amor de Dios por nosotros.



En el Antiguo Testamento Dios mostró Su salvación a través de Moisés

El Señor le dijo al leproso después de haberle curado: “Mira, no lo digas a nadie, sino ve a mostrarte al sacerdote y ofrece la ofrenda que Moisés mandó, para que les sirva de testimonio”. La ofrenda que Moisés mandó es un cordero, es decir una ofrenda animal.

“Llamó Yavé a Moisés y le habló desde el tabernáculo de la reunión, diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: ‘Quien de vosotros ofreciere a Yavé una ofrenda de reses, puede ofrecer ganado mayor o ganado menor. Si su ofrenda es holocausto de ganado mayor, será un macho inmaculado; lo traerá a la puerta del tabernáculo del testimonio para que sea grato a Yavé’”(Levítico 1:1-4).

Con referencia a la ofrenda que Moisés mandó, el verso 2 dice: “Puede ofrecer ganado mayor o ganado menor”. Al dar la Ley, Dios permitió que la humanidad se diera cuenta de que todos somos pecadores, y entonces, a través del sistema de expiación del Tabernáculo, dio al pueblo de Israel el estatuto de que deberían ser remitidos de todos sus pecados al pasarlos a estas ofrendas de expiación. Dios nos quiso tanto y tanto quiso salvarlos de nuestros pecados que estableció un sistema de expiación de los pecados con ofrendas como corderos y toros que morían en lugar nuestro.

En este sistema de expiación, la “imposición de manos” era esencial. Esta significaba “pasar” o “transferir”. Cuando un hombre que está poseído por un demonio pone sus manos sobre otra persona, este último queda igualmente poseído por un demonio, ya que la imposición de manos significa “pasar”. Por tanto, cuando un pecador en el Antiguo Testamento, imponía sus manos en la cabeza del cordero expiatorio, todos los pecados de su corazón se pasaban al animal (Levítico 16:21). Después de esto, tenía que matar al cordero para obtener sangre, y entonces el sacerdote tomaba un poco esa sangre con su dedo, la ponía en los cuernos del altar de los holocaustos, y derramaba el resto de la sangre en la base del altar. El sacerdote tenía que prender fuego en el altar al animal para que saliera un aroma dulce para el Señor. Así era como los israelitas recibían la remisión de sus pecados en la era del Antiguo Testamento (Levítico 4:27).

La sangre de los cuernos y la base del altar era la vida para el precio del pecado. La Biblia afirma que la vida de la carne es la sangre, y que es la sangre la que expía el alma (Levítico 17:11). Los cuernos del altar de los holocaustos simbolizan los Libros de Juicio (Apocalipsis 20:12). Toda trasgresión debe ser escrita en los Libros. Y los pecadores serán juzgados según sus obras, mediante lo que está escrito en los libros. Por eso debemos recibir la perfecta remisión de nuestros pecados mientras aún vivimos en este mundo.

En la era del Nuevo Testamento, ¿a través de qué tipo de fe hemos recibido la remisión de nuestros pecados? ¿Dónde podemos encontrar pruebas de que hemos sido salvados de nuestros pecados? La prueba de nuestra salvación de todos nuestros pecados solo puede ser encontrada en nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu; no es a través de las visiones, los éxtasis, u otras lenguas, que podemos lograr la confirmación de nuestra salvación. Solo a través de la Palabra de Dios podemos darnos cuenta de que somos pecadores y testificar que hemos salvado de todos nuestros pecados. Esta Palabra de testimonio es la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu.

“Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16). Dios Padre nos dio Su único Hijo Jesús para salvarnos de todos los pecados del mundo. ¿Cómo nos salvó de nuestros pecados? Jesús cumplió así con al justicia de Dios al venir a esta tierra, convirtiéndose en nuestro sacrificio expiatorio como los corderos y carneros del Antiguo Testamento; en realidad aceptó las iniquidades de los pecadores sobre Su propio cuerpo a través de Su bautismo, y así borró los pecados del mundo. Esta verdad fue mostrada a través de los sacrificios diarios del Antiguo Testamento. Debemos darnos cuenta de cómo Jesucristo aceptó todos los pecados de la humanidad que cometemos todos los días cuando vino a este mundo. Solo entonces podemos ser librados de todos los pecados del mundo.



La ofrenda del día de la expiación en el Antiguo Testamento

Pasemos a Levítico 16:29-34. “Esta será para todos ley perpetua; el séptimo mes, el día diez del mes, mortificaréis vuestras personas y no haréis trabajo alguno, ni el indígena ni el extranjero que habita en medio de vosotros; porque en ese día se hará la expiación por vosotros para que os purifiquéis y seáis purificados ante Yavé de vuestros pecados. Será para vosotros día de descanso, sábado, y mortificaréis vuestras personas. Es ley perpetua. La expiación la hará el sacerdote que haya sido ungido y haya sido iniciado para ejercer las funciones sacerdotales en lugar de su padre. Se revestirá de las vestiduras de lino, las vestiduras sagradas, y hará la expiación del santuario de la santidad, del tabernáculo de la reunión y del altar, la de los sacerdotes y la de todo el pueblo de la asamblea. Será para vosotros ley perpetua y se hará la expiación una vez por año para los hijos de Israel por sus pecados”.

Este pasaje describe la ofrenda del día de la expiación que Dios dio a los israelitas por el bien de los que no podían ofrecer sacrificios todos los días; en este el Sumo Sacerdote podía ofrecer un sacrificio expiatorio una vez al año para todo el pueblo de Israel. A través de este sacrificio anual, Dios otorgó al pueblo de Israel la bendición de la remisión de sus pecados anuales.

Levítico 16:6-10 dice: “Arón ofrecerá su novillo por el pecado, y hará su expiación por sí y por su casa. Tomará después los dos machos cabríos, y presentándolos ante Yavé a la entrada del tabernáculo de la reunión, echará sobre ellos las suertes, una la de Yavé, otra la de Azazel. Arón hará acercar el macho cabrío sobre el que recayó la suerte de Yavé lo ofrecerá en sacrificio por el pecado; el macho cabrío sobre el que recayó la suerte de Azazel lo presentará vivo ante Yavé, para hacer la expiación y soltarlo después a Azazel”.

En otras palabras, Dios dio el sistema expiatorio que permitía a los Israelitas recibir la remisión de sus pecados a través de la fe pasando, no solo sus pecados diarios, sino todos los pecados del año, al sacrificio expiatorio de una vez por todas. Arón era el hermano de Moisés, y también era el Sumo Sacerdote. Arón traía uno de los dos carneros al patio del tabernáculo y pasaba las iniquidades del pueblo de Israel a él mediante la imposición de manos en su cabeza. Habiendo pasado así los pecados de los israelitas al carnero expiatorio de una sola vez, el Sumo Sacerdote mataba a este carnero, llevaba su sangre dentro del velo (el lugar Santísimo) y rociaba el propiciatorio siete veces. Incluso el Sumo Sacerdote no podía entrar dentro del velo a no ser que fuera expiado al imponer sus manos en el sacrificio expiatorio y trajera la sangre con él.

El Tabernáculo estaba dividido en el lugar Santo y el Santísimo, y el Sumo Sacerdote podía entrar en el lugar donde estaba el Arca del Testimonio de Dios solo cuando tenía la sangre del sacrificio que había recibido de haber impuesto las manos. Al ver esta sangre del sacrificio Dios permitía que Arón entrara en el lugar Santísimo. Entonces Arón mataba al carnero expiatorio que había aceptado los pecados de todo el pueblo de Israel a través de la imposición de manos, tomaba su sangre y la llevaba al lugar Santísimo, y la esparcía en el Arca del Testimonio siete veces. Como el dobladillo de la túnica del Sumo Sacerdote llevaba campanas de oro, cada vez que esparcía la sangre, estas sonaban, y al oír este sonido de campanas sonando, el pueblo de Israel confirmaba que la sangre del animal expiatorio había aceptado sus pecados había sido rociada, y por tanto se reafirmaba la remisión de los pecados en el corazón de los creyentes.

“Hecha la expiación del santuario, del tabernáculo de la reunión y del altar, presentará al macho cabrío vivo, confesará sobre él todas las culpas, todas las iniquidades de los hijos de Israel y todas las trasgresiones con que han pecado, y las echará sobre la cabeza del macho cabrío y los mandará al desierto por medio de un hombre designado para ello. El macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada, y el que lo lleve lo dejará en el desierto” (Levítico 16:20-22).

El canero que era para Jehová se ofrecía como sacrificio expiatorio del pecado. Pero los pecados de los israelitas debían desvanecerse de una manera visible, y por tanto el Sumo Sacerdote también tenía que imponer sus manos en la cabeza del otro carnero confesando los pecados anuales, y entonces lo dejaba que “se fuera hacia Azazel” al desierto (ver Levítico 16:8-10 de la American Standard Version). Aquí, el chivo expiatorio, “azazel” en hebreo, significa “salir” para la separación total del pecado.

Tomando uno de los dos carneros como chivo expiatorio, el Sumo Sacerdote imponía sus manos sobre la cabeza de este y le pasaba todos sus pecados al confesar sobre él todas las iniquidades del pueblo de Israel mientras todos miraban la puerta del patio del Tabernáculo. Se soltaba en el desierto por un hombre adecuado para la tarea, donde moría. En otras palabras, este carnero expiatorio debía cargas a sus espaldas todos los pecados de los israelitas que él había aceptado mediante la imposición de manos del Sumo Sacerdote, y debía morir en el desierto. Al soltar el chivo expiatorio en el desierto, Dios había librado a todo el pueblo de Israel de sus pecados. Este es el mismo sacrificio que Dios pidió a Moisés que ofreciera. Fue a través de la imposición de manos y el derramamiento de sangre como Dios permitió que todo el pueblo de Israel recibiera la remisión de sus pecados.

El sistema de expiación del Antiguo Testamento nos enseñó la verdad de que Dios aceptaría y cargaría con los pecados de cada pecador que vive este mundo a través de Su bautismo, y que así limpiaría los pecados de la humanidad; pecados diarios y de toda una vida. Toda la gente del Antiguo Testamento creía en el sistema de expiación del Tabernáculo como la manera de alcanzar la remisión de sus pecados. Ahora, la gente del Nuevo Testamento también tiene innumerables pecados, ya sean cometidos intencionadamente o involuntariamente, y necesitan encontrar la manera de revolver el problema de estos pecados, y cómo ser redimidos de todos ellos.



El sacrificio de la gran expiación del Nuevo Testamento

El Antiguo y el Nuevo Testamento de la Biblia concuerdan el uno con el otro (Isaías 34:16). ¿Qué parte del Nuevo Testamento concuerda con el sacrificio del día de la expiación del Antiguo Testamento? Investiguemos qué fue lo que hizo Jesús en primer lugar para borrar todos nuestros pecados.

“Vino Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él. Juan se oponía, diciendo: ‘Soy yo quien debe ser por ti bautizado, ¿vienes tú a mí?’. Pero Jesús le respondió: ‘Déjame hacer ahora, pues conviene que cumplamos toda justicia’. Entonces Juan se lo permitió. Bautizado Jesús, salió luego del agua; y he aquí que se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como paloma y venir sobre él, mientras una voz del cielo decía: ‘Este es mi hijo amado, en quien tengo mis complacencias’” (Mateo 3:13-17).

Dios envió a Su Hijo Jesús como el que “salvará a Su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). En otras palabras, el que creó el universo, vino en persona a esta Tierra a través de la Virgen María, encarnado en el cuerpote un hombre, como el Cordero expiatorio. El ministerio de Jesús comenzó con Su bautismo. El suceso del pasaje anterior tuvo lugar cuando Jesús cumplió 30 años. En este año Jesús fue bautizado por Juan el Bautista.

¿Quién era Juan el Bautista? “En verdad os digo que entre los nacidos de mujer no ha aparecido uno más grande que Juan el Bautista. Pero el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos está en tensión, y los esforzados lo arrebatan. Porque todos los profetas y la Ley han profetizado hasta Juan” (Mateo 11:11-13).

Como nos dice este pasaje, Jesús dijo que “entre los nacidos de mujer no ha aparecido otro más grande que Juan el Bautista”. El más grande de todos los profetas de la Tierra, más grande que Isaías, Ezequiel, Elías, y hasta más grande que Moisés; ese no era otro que Juan el Bautista, el representante de toda la humanidad.

En el Antiguo Testamento, el sumo sacerdocio debía sucederse por uno de los varones descendientes de Arón cuando cumplía los 30 años. Del mismo modo en que el Sumo Sacerdote, el descendiente de Arón, había pasado todos los pecados de los israelitas al carnero expiatorio al imponer las manos sobre su cabeza, Dios hizo surgir un representante de la humanidad llamado Juan el Bautista, para pasar los pecados a Jesús, y para que Dios pudiera borrar todos los pecados de todo ser humano que vive en la Tierra. En otras palabras, Dios envió a Juan el Bautista a la Tierra como el último profeta. El último Sumo Sacerdote era no menos que Juan el Bautista, un descendiente de Arón.

“Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote de nombre Zacarías, del turno de Abías, cuya mujer, de la descendencia de Arón, se llamaba Isabel. Eran ambos justos en la presencia de Dios, e irreprensibles caminaban en los preceptos y observancias del Señor […] y caminará delante del Señor en el espíritu y poder de Elías para reducir los corazones de los padres a los hijos, y los rebeldes a la prudencia de los justos, a fin de preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lucas 1:5-17).

Tal y como Dios habías pasado los pecados del pueblo de Israel solo a través de los descendientes de Arón, escogió a un descendiente de Arón, como había prometido, para pasar todos los pecados de todo el mundo. Por eso envió a Juan a este mundo seis meses antes que Jesús, para volver a muchos hacia la prudencia de los justos y preparar al Señor un pueblo bien dispuesto (Lucas 1:17). En otras palabras, Juan el Bautista era el más grande de los nacidos de mujer.

Así, Dios erigió a Juan el Bautista como representante de la humanidad, y a través de él pasó los pecados de la humanidad a Jesús. Juan el Bautista también se presentó ante Jesús como un testigo; debemos averiguar cómo atestiguó Juan, según la Palabra. El pueblo de Israel podía ver las pruebas del hecho de que sus pecados habían sido pasados porque Arón los había pasado. Del mismo modo, el hecho de que Juan el Bautista pasara todos los pecados de la humanidad a Jesucristo, es la prueba que nos demuestra que nuestros pecados han sido borrados.

Como se ha mencionado anteriormente y se ha mostrado en Mateo 3:13-17, Jesús fue bautizado por Juan el Bautista. Este bautismo es muy importante para todo cristiano. Los cristianos generalmente se bautizan con agua. Sin embargo, a menudo reciben este bautismo sin darse cuenta de su significado. Entonces, el bautismo se le da a cualquiera que prometa cumplir los Diez Mandamientos y asistir a los servicios religiosos los domingos, y reconozca a Jesús como su Salvador. En este mundo, incluso entre los cristianos, es extremadamente complicado encontrar a alguien que entendiera el verdadero significado del bautismo cuando fue bautizado.

Jesús vino a la Tierra y fue bautizado por Juan el Bautista; de lo que debemos darnos cuenta es de por qué Jesús tuvo que ser bautizado. Todo cristiano que profese creer en Jesús debe preguntarse: “¿Por qué tuvo que ser bautizado Jesús si estaba sin pecado?”. Aún así, los que no han recibido la remisión de sus pecados no saben nada sobre esta cuestión, por muy fervientemente que digan creer en Jesús. Solo los que han recibido la remisión de sus pecados puedan dar la respuesta correcta a esta pregunta.

Jesús es el Sumo Sacerdote espiritual, mientras que Juan el Bautista es el representante de la humanidad, el Sumo Sacerdote terrenal. Juan el Bautista tenía la autoridad de pasar todos los pecados de la humanidad al Cordero Jesús; y Jesús, como Sumo Sacerdote del Reino de Dios, tenía el papel de borrar todos los pecados de la humanidad sacrificando Su propio cuerpo, no la sangre de un animal, como su sacrificio; es decir, que aceptó todos los pecados de la humanidad y entregó Su cuerpo a Dios como su sacrificio. El Sumo Sacerdote del Reino de los cielos es Jesús (Hebreos 5:10; 6:20; 10:9-14).

Jesús dijo en Mateo 3:15: “Déjame hacer ahora, pues conviene que cumplamos toda justicia”. Él fue bautizado en el río Jordán, el río de la muerte. Bautizar, “baptizo” en griego, quiere decir sumergir, meter debajo del agua, limpiar bañando o sumergiendo, lavar, o limpiar pasando la suciedad. Por lo tanto, el bautismo tiene el mismo significado que “la imposición de manos” en el Antiguo Testamento. Del mismo modo en que los pecados se pasaban mediante la imposición de manos, todos los pecados de la humanidad se pasaron a Jesús cuando Juan el Bautista le bautizó. Debido a que todos los pecados de la humanidad se pasaron a Jesús, Él fue condenado en nuestro lugar como nuestro propio sacrificio expiatorio, y fue enterrado. Así, el acontecimiento a través del cual Jesús aceptó todos los pecados de la humanidad por parte de Juan el Bautista, fue Su bautismo.

Jesús vino al mundo y fue bautizado para cumplir toda justicia de Dios por todos nosotros, y para borrar por completo todos los pecados de todo ser humano. ¿Creen que Jesús fue bautizado solo porque era humilde? ¡No, esto no es así en absoluto! Jesús le dijo a Juan el Bautista solemnemente: “Déjame hacer ahora”. Al decir esto, Jesús quiso decir: “Me pasarás los pecados de la humanidad y Yo cargaré con ellos; lo que debo hacer es redimir todos los pecados de la humanidad al convertirme en vuestro chivo expiatorio ante vuestros ojos”, porque fue para tomar todos los pecados de la humanidad sobre sí mismo la razón por la que Jesús vino a este mundo.

La gente está destinada a ir al infierno por causa de sus pecados. Agonizan con sus preocupaciones por sus pecados, y han sido engañados por Satanás por sus pecados. Jesús es quien vino a la tierra para salvar a gente como nosotros de nuestros pecados, para hacernos justos, y para convertirnos en hijos de Dios. Cuando Jesús fue bautizado por Juan el Bautista y salió del agua, el Espíritu Santo descendió del cielo como una paloma y testificó que Él era el Hijo de Dios. El Espíritu Santo fue el que testificó la Verdad. Dios mismo testificó que Su Hijo Jesús aceptó todos los pecados de la humanidad de una vez por todas mediante Su bautismo.

“Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna”. Dios envió a Jesús a la Tierra, pasó todos los pecados de la humanidad al Hijo, y sacrificó a Su Hijo para darnos la vida eterna y dejarnos sin pecado; solamente esto es el verdadero significado del acontecimiento del bautismo. Mediante Su bautismo, Jesús aceptó todos nuestros pecados por parte de Juan el Bautista, el representante y último Sumo Sacerdote de la humanidad, fue sumergido (significando Su muerte), y entonces salió del agua (significando Su resurrección). A través de Su bautismo, una forma de imposición de manos, Juan el Bautista pasó nuestros pecados a Jesús. En otras palabras, los pecados del mundo en realidad fueron erradicados de la humanidad por Dios mismo.

Debido a que los pecados de la humanidad fueron pasados a Jesús, Dios dice que ahora estamos sin pecado. Si Jesús no hubiera borrado nuestros pecados cuando vino a la Tierra, entonces por mucho que creyéramos en Él, no tendríamos otra opción que la de seguir siendo pecadores. Habiendo borrado todos nuestros pecados a través de Su bautismo y derramamiento de sangre, Dios nos amonesta así: “Cree en el señor Jesús y serás salvo tú y tu casa” (Hechos 16:31). Al creer en el bautismo y derramamiento de sangre de Jesús, debemos ser limpiados de todos nuestros pecados de una vez por todas.

“Al día siguiente vio venir a Jesús y le dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecados del mundo” (Juan 1:29). Juan el Bautista continuaba gritando a la gente que los pecados de la humanidad fueron pasados a Jesús a través de Su bautismo. El que gritó: “Él es el Hijo de Dios, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, era Juan el Bautista.

Jesús cargó con todos los pecados del mundo al ser bautizado y los llevó a la Cruz. Alrededor de 1970 años han pasado desde que Jesús borró los pecados del mundo. Jesús, que tomó sobre sí mismo los pecados de la humanidad, tuvo que entregar Su vida en la Cruz. Jesús cargó con todos los pecados del mundo. A través de Su bautismo, Jesús borró los pecados de nuestros padres y madres también, porque ellos también son gente del mundo. Todos los pecados que cometemos desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte, ya los cometamos intencionadamente o no, pertenecen a los pecados del mundo. Estos pecados se pasaron a Jesús a través de la imposición de manos de Juan el Bautista. Los pecados que cometimos en nuestra adolescencia también son los pecados del mundo, y por eso también fueron pasados a Jesús. En otras palabras, Jesús no solo borró los pecados de unas pocas personas especiales, sino que mediante Su bautismo y derramamiento de sangre, borró los pecados de todo el mundo, cometidos durante toda la vida hasta la muerte, y los resolvió.

Sin embargo solo los que creen en la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu, que dice que Jesús aceptó nuestros pecados mediante Juan el Bautista, y que los ha redimido, pueden recibir la remisión de los pecados mediante esta fe. Pero, desafortunadamente, la mayoría permanecen prisioneros de sus pecados porque no creen en este Evangelio del agua y el Espíritu. La puerta de Dios estaba abierta hace ya mucho tiempo, pero la gente todavía está destinada a perecer porque la puerta de sus corazones no están abiertas todavía, y porque no creen en la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu.

Los pecados que cometimos desde nuestro nacimiento hasta los 20 años y cuando teníamos 21-30 años también son los “pecados del mundo”, y por tanto estos pecados se pasaron a Jesús; y los pecados que cometimos cuando teníamos 31-40 años también son los pecados del mundo, y por tanto, también fueron pasados a Jesús. Él es el Hijo de Dios que tomó sobre sí mismo todos y cada uno de nuestros pecados. ¿No son también pecados del mundo los que la gente comete cuando tienen 41-100 años? Jesús también tomó estos pecados a través de Su bautismo, porque también son pecados que cometemos en este mundo. Debido a que el amor de Jesús es eterno e ilimitado, no dividió nuestros pecados en pecado original y pecados personales; sino que aceptó todos nuestros pecados mediante Su bautismo y derramamiento de Su sangre en la Cruz hasta Su muerte.

Si Jesús no hubiera venido a la Tierra, si no hubiera sido bautizado, y no hubiera derramado Su sangre, nuestra fe en la remisión de los pecados hubiera sido en vano; la muerte de Jesucristo también hubiera sido en vano; y el haber creído en el Señor y sufrido por él hubiera sido completamente en vano.

¿Fueron los pecados de sus hijos pasados a Jesús a través de Su bautismo? Confirmémoslo. ¿No viven sus hijos en este mundo? Si viven en este mundo, está claro que sus pecados se pasaron a Jesús. La prueba de esto es el bautismo que Jesús recibió de Juan, y la condena por los pecados es la sangre que Jesús derramó en la Cruz (Juan 19:30-34). Los pecados de sus nietos y los pecados de sus descendientes que todavía no han nacido se pasaron a Jesús a través de Su bautismo; y este Jesús cargó con todos nuestros pecados y los redimió en la Cruz. Aunque cometamos pecados todos los días por causa de nuestras debilidades, estos pecados también son los pecados del mundo, y por tanto Jesús los ha borrado mediante Su bautismo y Su sangre.

Juan 8:31-32 dice: “Si permanecéis en mi palabra, seréis en verdad discípulos míos, y conoceréis la verdad, y la verdad os librará”. La verdad aquí es el hecho justo que Jesús cumplió con Su Palabra. Es inquietante que muchos cristianos todavía crean en falsas doctrinas o enseñanzas confesionales de que deben observar el Sabbath y rezar oraciones de arrepentimiento todos los días para que sus pecados sean perdonados. Creen que Jesús borró su pecado original, pero no sus pecados personales. Por eso no les queda otro remedio que hacerse más pecadores a medida que pasa el tiempo. Sus esfuerzos pueden ser admirables, pero en cuanto a su salvación, este no es la senda por el que su devoción debe encaminarse.

Lo que debemos hacer es creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, y así recibir la remisión de nuestros pecados. Esta es la voluntad de Dios para nosotros. Cuanto más intentamos cumplir la Ley, más difícil se nos hace cumplirla, y acabamos descubriendo que somos más pecadores ante Dios. Pero al creer en la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu que el Señor nos ha dado, todos podemos ser salvados de todos los pecados del mundo. ¡Aleluya!

 

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